Artículo de opinión de Àlex Masllorens, miembro de Justícia y Paz Barcelona

La trata de personas mayores

Años atrás, hubo una campaña de las entidades sociales y algunos medios de comunicación para que las administraciones intervinieran de forma contundente para evitar, o incluso perseguir, el uso de menores en la mendicidad. Estaba claro que pedir limosna llevando un bebé en brazos o encargarlo directamente a un niño ofrecía réditos económicos sustanciales. Incluso se descubrió, como ha ocurrido en otros lugares y en otros momentos históricos, que algunos de los menores que se utilizaban para esta actividad ni siquiera tenían una relación familiar directa con los adultos que se beneficiaban.

Afortunadamente, en Cataluña hace mucho que ya no se ven niños pidiendo limosna. Esto no impide, ciertamente, que la pobreza infantil haya crecido en los últimos años, en paralelo a la crisis económica y al aumento muy significativo de la precariedad y el paro del conjunto de la población. Pero, al menos, no tenemos niños mendigos.

Hoy, sin embargo, estamos observando la reaparición de la utilización de personas muy vulnerables con fines lucrativos. Principalmente, hay una multiplicación de la presencia de ancianos en las calles de Barcelona. Todos ellos exhiben unos letreros de cartón escritos en un castellano bastante macarrónico, en el que exponen mensajes que suelen referirse a alguna enfermedad que les impediría trabajar y ganarse la vida (si no fuera que, por la edad y otras circunstancias, tampoco no tienen fácil el acceso a un trabajo digno, y ya no digamos legal). Lo que más llama la atención es que, además de estar situados estratégicamente en calles comerciales y de paso de peatones, los letreros de cartón son pintados todos con la misma letra y suelen repetir las mismas enfermedades o taras físicas a lo largo de toda la calle. De este modo, si en tal avenida o paseo el primer mendigo que encontramos asegura sufrir asma, ocurrirá lo mismo con el resto de demandantes de la zona. E igualmente si tuviera diabetes o sufriera del corazón.

No hay duda de que se trata de un "negocio" montado sobre la base de la utilización de personas mayores, para que produzcan un efecto más impresionante. Y, una vez más, parece que las autoridades se encuentran ante el dilema de si hay que perseguir o no estas prácticas. Normalmente no es el caso, eso salta a la vista, a juzgar por la presencia creciente de este tipo de mendicidad. El argumento del gobierno municipal suele ser que no se puede "criminalizar" a las personas pobres. Pero lo que vemos es que, mientras tanto, sus mismos parientes hacen un uso denigrante y los obligan a exponerse públicamente sentados en el suelo y en mostrar su miseria moral y material durante jornadas que a veces superan las diez horas.

¿Significa esto que a las administraciones ya les parece bien que haya este tipo de mendicidad, que han renunciado a poner orden en una actividad que no pueden controlar o es que consideran que la supuesta libertad de estos mendigos de edad avanzada debe ser respetada, a pesar de los indicios claros de explotación que hay detrás?

Àlex Masllorens 11/04/2016