Nuria Carulla EdOArtículo de opinión de Núria Carulla, miembro de la Junta de Justícia i Pau de Barcelona.

La buena globalización

Días atrás fui a escuchar a Fernando Hernández Ojob, llol (curandero tradicional) del pueblo maya Tzotzil. Él vive y trabaja en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, México. La Fundació ANAIK con la que colabora le invitó para que nos hablase de la resistencia del pueblo maya Tzotzil para recuperar y mantener la identidad y memoria ancestral.

Siempre que he tenido ocasión de escuchar, visitar y convivir con comunidades indígenas (ellos se denominan pueblos originarios de América) en México y Guatemala salgo más sabia, con una sabiduría distinta de la que he aprendido en la universidad. Más profunda y arraigada a la vida.

Fernando nos habló del esfuerzo de recuperar, a través de los ancianos, la identidad, cultura y espiritualidad maya. Después de siglos de colonialismo, marginación y racismo, los pueblos originarios de América y de otros continentes reivindican el derecho de vivir según sus tradiciones y en su propia tierra

Las dificultades con las que ahora se enfrentan son principalmente de defensa del territorio y de vivir con dignidad. Tal como nos decía Eduardo, no rehúsan los avances tecnológicos ni lo que éstos puedan ofrecer para mejorar su vida. Lo que quieren no es ancorarse en el pasado, sino participar de igual a igual en las políticas que afectan a su tierra y a su identidad. No está bien, por ejemplo, que se cree energía eléctrica en sus tierras, devastando el territorio, desplazando a los pueblos y que no puedan decidir cómo hacerlo ni reciban las mejoras de la electrificación.

A pesar de que sus reivindicaciones y sus luchas parezcan de carácter local, no lo son. Todas las intervenciones de las empresas transnacionales tienen relación con la globalización económica que pretende utilizar utilizar tierras y personas para generar beneficios de unos pocos, aunque se dañe la vida y se devaste la tierra. En este juego de ganancias y poder para unos pocos, el resto de la población mundial sólo somos peones, no tan sólo los que les afecta en su propia vida. Los ciudadanos de los países “desarrollados” somos otro peón pero con nuestro consumo, muchas veces irracional, y las inversiones sin control ético para ganar dinero, contribuimos a cerrar el círculo del despropósito mundial actual.

Los pueblos originarios de América y de otros continentes están librando una batalla que les cuesta muchas veces la vida, para preservar tierra y dignidad. La semana pasada fueron asesinados tres líderes de estas comunidades en Guatemala por oponerse a los planes de las empresas transnacionales. Esta gente es la vanguardia y la que arriesga en el afán de evitar el destrozo de la tierra y el medio ambiente. En la red global para desmantelar el poder de las transnacionales conocemos y compartimos luchas de muchos lugares del mundo, personas de todas las edades y condiciones participan en estos trabajos, y de alguna manera tenemos que encontrar nuestro lugar en este esfuerzo global de recuperar la tierra. Hace un siglo se decía “la tierra para quien la trabaja”, ahora tenemos que añadir “la tierra para quien la ama”.

En su charla, Fernando insistió mucho en la espiritualidad propia, como un elemento de identidad y de recuperación de la propia esencia. En nuestro contexto cultural no estamos demasiado acostumbradas a hablar de espiritualidad ni a mostrar sensibilidad religiosa. Actualmente se considera un tema personal y privado, y si alguien habla de ello o lo manifiesta es tildado de retrógrado y conservador. La espiritualidad es una dimensión importante de la persona humana, ligada a las creencias, que nos conecta con la transcendencia, que significa en una globalidad mayor que nuestra persona individual.

Lo importante es salir del propio círculo, de la propia comodidad, para abrirse a la solidaridad más grande, la de incorporarse con responsabilidad al trabajo de un nuevo mundo posible.


Núria Carulla