Jean Paul Lehners

En motivo del encuentro anual de organiza Justicia y Paz Europa, el pasado 30 de septiembre de 2018 Jean-Paul Lehners va pronucniar la ponencia que se muestra a continuación.

Jean-Paul Lehners es el presidente de Justícia y Paz Luxemburgo y titular de la Cátedra UNESCO de Derechos Humanos en la Universidad de Luxemburgo. Recientemente ha sido elegido presidente de la Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia (ECRI, por sus siglas en inglés), el órgano de derechos humanos del Consejo de Europa.

Este texto aborda en primer lugar el concepto de los valores, continuando con algunas reflexiones sobre la dignidad humana para terminar presentando la cuestión de los derechos humanos relacionados con el cristianismo y, en particular, los derechos cristianos.

 

Valores Cristianos y derechos humanos: mito o realidad en tiempos difíciles

Aproximaciones al concepto “valores”

Hoy en día vivimos tiempos difíciles, a nivel global, nacional, local y, a veces también, en el ámbito personal. En tiempos difíciles, a las personas nos gusta mirar atrás, inventando tradiciones y teniendo a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Al mismo tiempo, se dirige nuestra atención hacia los "valores perdidos".

El miércoles, 12 de septiembre de 2018, el Parlamento Europeo adoptó una resolución con motivo "de un riesgo claro de incumplimiento grave por parte de Hungría de los valores sobre los que se funda la Unión". Los expertos piensan que el año que viene, en las elecciones al Parlamento Europeo, se tomarán posiciones a favor o en contra de estos valores.

En marzo de 2015 participé, junto a otro ponente, en la presentación del informe nacional de la ECRI en Francia. Durante nuestra visita, dos meses después de los ataques terroristas en París, nuestros interlocutores a menudo mencionaron la importancia de los valores republicanos que, según dijeron, son compartidos por todos. Siempre hacía la misma pregunta: ¿Podrían decirme qué valores son éstos? Y casi siempre recibía la misma respuesta: libertad, igualdad, fraternidad. Esta respuesta no me satisfacía. ¿Estamos tan seguros de que todos compartimos los mismos valores? ¿Y quién define estos valores?

En otros países europeos, cuando a las personas se les pregunta acerca de los valores, es usual que proporcionen una respuesta diferente: nación, familia, religión. Especialmente después de la llegada de cientos de miles de migrantes en 2015, algunas personas insistieron en la importancia de los valores de la civilización occidental, y especialmente de los valores judeocristianos, que además necesitaban protección -entre otros- de islamistas radicales, y del Islam en general según alguna opinión. Teniendo en cuenta lo anterior, me pregunto cuántas personas que comparten estas ideas están dispuestas a proteger estos valores si pensasen que están amenazados. Y la respuesta que me doy es que no son muchas, tampoco entre los miembros de la comunidad cristiana. Mi opinión es que mucha gente considera estos valores en el contexto de la llegada de inmigrantes musulmanes ya que no les agrada este hecho.

Tal vez sea recomendable tener una visión más amplia de Europa, de conjunto y comprobar que comparte diferentes tipos de valores: religiosos (judaísmo, cristianismo e islam), filosóficos (la Ilustración...), sociales y económicos como, por ejemplo, la economía social de mercado, o políticos como la democracia, el derecho al voto o la participación política.

Estos valores no son una constante antropológica. Si la igualdad es un valor, no ha existido siempre. Sin ir más lejos, la igualdad entre hombres y mujeres, por ejemplo, no se ha logrado completamente, ni siquiera en Europa, como podemos comprobar en nuestra experiencia cotidiana.

Teniendo en cuenta esta situación, puede ser útil considerar los valores fundamentales tanto del Consejo de Europa como de la Unión Europea. Para el primero, se podría decir que la democracia, el Estado de derecho y los derechos humanos son los valores principales. Para la Unión Europea, los valores se definen en el artículo 1 bis del tratado de Lisboa, que dice:

“La Unión se fundamenta en los valores de respeto de la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías. Estos valores son comunes a los Estados miembros en una sociedad caracterizada por el pluralismo, la no discriminación, la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la igualdad entre mujeres y hombres.”

Lamentablemente, a la luz de la crisis a la que se enfrenta la Unión Europea, tengo la sensación de que estos valores no son compartidos por toda la ciudadanía europea y que son cuestionados, no solo en Europa del Este.

Además, si definimos valores debemos tratar de respetarlos; de lo contrario, nuestro comportamiento sería hipócrita y no nos gusta identificarnos con personas que hacen lo contrario de lo que dicen.

Más aún, y para continuar esta reflexión, es importante puntualizar que los valores deberían contemplarse no solo a nivel individual sino en el contexto más amplio de las estructuras políticas, económicas y sociales. Por ejemplo, si alguien está en situación de desempleo o sufre las consecuencias de un sistema económico injusto con desigualdades estructurales, probablemente insista en unos valores, que serían diferentes a los que incidiría si se encontrara beneficiado por el sistema.

Así, podría ser útil conocer los valores principales en los diferentes países europeos. Una de las formas de obtener información relevante sobre esta cuestión en los países de la UE es la utilización de la Encuesta Europea de Valores (EVS, por sus siglas en inglés), que se realiza a nivel internacional cada 9 años por un consorcio de universidades y centros de investigación europeos. La EVS contempla una serie de orientaciones en diversos ámbitos de la vida. Se han construido varias escalas con la pretensión de presentar las orientaciones de valor. Por ejemplo, en la Europa del Este las familias responden con mayor frecuencia que sus hijos e hijas trabajan duro, se esfuerzan en su trabajo, en comparación con la Europa Occidental.

En un artículo publicado por Loek Halman, actual presidente del comité ejecutivo, se puede encontrar parte del contexto de la investigación de la EVS: “Valores como justicia, libertad, igualdad, patriotismo y lealtad determinan lo que consideramos normal y anormal, decente e indecente, racional e irracional, deseable e indeseable, bueno o malo, correcto o equivocado.”

De forma general se reconoce y acepta la importancia y el sentido de estos valores, pero se observa menor acuerdo en su significado y en la referencia del término valor, ya que no existe una definición consensuada de valores.

Los valores son construcciones mentales y, por tanto, no se pueden medir o ver directamente.

La mayoría de científicos sociales están de acuerdo en que los valores son motivaciones, principios u orientaciones muy arraigadas que guían, dirigen, canalizan o explican ciertas actitudes, normas, opiniones, convicciones y deseos que, a su vez, orientan la acción humana o al menos parte de ella” (Halman, 2010).

La EVS contempla en los diferentes países europeos “dos orientaciones de valor básicas que reflejan dos dimensiones fundamentales de cambio.
La primera es la dimensión Tradicional/Secular-Racional que refleja el contraste entre los valores relativamente tradicionales y religiosos, que prevalecen generalmente en las sociedades agrarias, y los valores relativamente seculares, burocráticos y racionales que prevalecen en las sociedades urbanas e industrializadas.”

Los resultados de esta encuesta, publicados en un Atlas, son los siguientes: “Los países tradicionales destacan la importancia de la religión, el respeto a las autoridades, los lazos paternofiliales, las familias tradicionales biparentales, y las normas morales absolutas; rechazan el divorcio, el aborto, la eutanasia y el suicidio. Además, tienden a ser patrióticos y nacionalistas.

El contraste está formado por los países con valores “seculares-racionales” que mantienen preferencias opuestas en todos estos temas, y que enfatizan la libertad en las decisiones morales individuales y una alta tolerancia hacia las creencias y opiniones de las demás personas”.

Con respecto a la segunda dimensión, Supervivencia/Autoexpresión, se puede observar un cambio intergeneracional desde el énfasis en la seguridad económica y física, sobre todo, hacia la expresión propia, el bienestar subjetivo y la calidad de la vida.

En los resultados publicados en el atlas mencionado anteriormente, podemos observar que “los países que tienen una alta calificación en valores de supervivencia tienden a destacar las orientaciones materialistas y los roles de género tradicionales; son relativamente intolerantes con los extranjeros, gais, lesbianas y otros grupos marginados, y muestran niveles bajos de bienestar subjetivo y confianza interpersonal”.


Los valores del cristianismo

Confieso que antes de empezar un análisis más profundo de un tema, miro la Wikipedia, ya que nuestro tiempo y espacio son limitados, pero creo que lo que he encontrado en ella es suficiente para empezar una reflexión. No obstante, estoy de acuerdo con que algunos aspectos de este texto pueden ser vistos como estereotipos.

En lo que concierne a los valores del cristianismo, la Wikipedia menciona “la enseñanza del Nuevo Testamento, incluyendo el amor a Dios y a las personas de nuestro entorno, la fidelidad en el matrimonio, la renuncia a los bienes de este mundo, abstenerse de la venganza, el perdón de los pecados y el amor incondicional”. Como texto esencial, por supuesto, menciona el Sermón de la Montaña.

La Wikipedia tiene dos capítulos sobre el uso moderno de los valores en la política. En las políticas mundiales conservadoras o de centroderecha, estos valores incluyen:

“La censura del contenido sexual, especialmente en el cine y la televisión; la conveniencia de leyes contra el aborto inducido; la abstinencia sexual fuera del matrimonio y la educación sexual únicamente orientada a la abstinencia; la promoción de diseños inteligentes para que se enseñen en colegios y universidades públicas como alternativa a la evolución; el deseo de leyes contra el matrimonio de personas del mismo sexo; el apoyo a leyes contra la aceptación de la homosexualidad en la sociedad; la conveniencia de la oración escolar organizada en colegios públicos”.

En cuanto al uso moderno de los valores en las políticas mundiales liberales o de centroizquierda, se señalan los siguientes puntos:

“El apoyo a una cultura de la empatía y la compasión, que es vista como elemento central del cristianismo entre una amplia gama de religiones y visiones del mundo; favorecer los intereses individuales, de las familias (de todo tipo) y de las pequeñas comunidades frente a los de las grandes corporaciones y de quienes tienen más poder; la protección del medio ambiente como resultado de una profunda reverencia a la Creación de Dios; el rechazo de la guerra (cambiar las espadas por arados), a no ser que sea la última opción, y el respeto por la diplomacia; la aceptación e inclusión de personas inmigrantes y refugiadas; un impuesto de la renta alto y progresivo para promover la igualdad y seguir las palabras de Jesús de apoyar a las personas más pobres y en contra de las riquezas excesivas; promover el “dar al César lo que es del César” como respaldo al gobierno secular; la separación del Estado y la Iglesia, la tolerancia religiosa coherente con la idea de que el reino de Jesús no es de este mundo y la advertencia contra el hambre que corrompe potencialmente el poder temporal…”

Insisto en que estas frases deben considerarse solo como una aportación para el debate, aunque sería interesante saber cuánta gente se ve reflejada en ellas.

Desde aquí, surgen muchas preguntas: ¿Cuál es la diferencia entre valor y virtud? ¿es posible que los valores dependan de las distintas experiencias que existen en los países de Europa del Este y la Europa Occidental? ¿Realmente queremos compartir los mismos valores definidos por las instituciones europeas, o es éste un tipo de enfoque totalitario, vertical de arriba a abajo? ¿Están los valores detrás de los derechos? Si es así, ¿qué hay detrás de los valores? ¿Podría ser simplemente el significado de la vida (“der Sinn des Lebens”), un alma común o compartir una dignidad común que todos tenemos porque somos hijos de Dios?

Siguiendo a Tomás de Aquino, las virtudes cardinales son la justicia, la sabiduría (prudencia), el coraje (fortaleza) y la moderación (templanza o autocontrol). A estas virtudes habría que añadirles las tres virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad.

En el discurso ordinario, los conceptos de valor y virtud se consideran sinónimos, o quizá los valores se consideran más teóricos o generales, mientras que las virtudes se entienden de forma más pragmática, como la aplicación concreta de los valores.

Hablando de valores y derechos, el concepto de dignidad se menciona cada vez más. ¿La dignidad es un valor o un derecho? Por un lado, en la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea aparece la dignidad de las dos formas. Por otro lado, en la Convención Europea de Derechos Humanos el concepto no aparece ni como valor ni como derecho, pero el Tribunal Europeo de Derechos Humanos lo usa.

Con respecto a la relación entre dignidad y derechos humanos, por lo menos se deben distinguir cuatro aspectos: dignidad, como fundamento de los derechos humanos; dignidad, como un derecho humano específico; dignidad, como la suma de derechos humanos, y dignidad, como la razón de ser de esos derechos humanos. Se debe evitar el uso reiterado de este concepto para impedir que se convierta en un término vago o general. Por lo tanto, la dignidad como concepto debe ser reemplazada por un derecho específico si estamos tratando con un derecho en particular o con su violación.

Sin embargo, el término dignidad debe mantenerse cada vez que hablamos del núcleo inherente del ser humano, el fundamento último de los derechos humanos, si aspiramos a un enfoque holístico de la persona humana. Como dice Paul Ricoeur, la dignidad es algo que está en el ser humano solo por el hecho de serlo.

También se debe recordar que la "dignidad" a menudo se refiere a una moralidad individual pero, al mismo tiempo, no se debe olvidar la postura estructural del fenómeno.

Esa postura estructural de dignidad implica que se viola en una sociedad basada en desigualdades. Si estas desigualdades están pre-programadas por las estructuras del sistema económico, la violación de la dignidad es evidente. El descontento, la indignación actualmente articulada por diferentes partidos políticos en el mundo, debe dar lugar a un nuevo modelo social que respete los beneficios de la economía de mercado, así como los beneficios de una sociedad solidaria e igualitaria. Si no se encuentra el modelo, las revoluciones violentas pueden llegar a ser inevitables. Una sociedad que acepta la muerte por hambruna de millones de niños inocentes es una sociedad que tolera violaciones flagrantes de la dignidad humana.

Por último, con respecto a los valores cristianos, me gustaría hacer mención de la prohibición cristiana de la consanguinidad, es decir, la prohibición del matrimonio entre primos hasta un cierto grado. Eso podría ayudar a entender otras dimensiones de los valores en el contexto del valor de la familia.

Cuando a la gente se le pregunta sobre los valores que son importantes, una gran mayoría responde que la familia. En este contexto, se analizará el tipo de familia de parentesco. En un estudio sobre el tema, Jonathan Schulz escribe:

“En la Temprana Edad Media, la Iglesia empezó a prohibir los matrimonios entre parientes. El estudio revela que estos matrimonios se asocian de forma negativa con la participación política y la calidad institucional […] La prohibición de consanguinidad cobró fuerza en el siglo VIII”.

En otro artículo sobre el tema, este autor escribió sobre la psicología WEIRD (siglas en inglés para occidental, educada, industrializada democrática y rica):

“Las poblaciones que históricamente cuentan con instituciones débilmente basadas en parentesco responden hoy en día a la psicología WEIRD: son más individualistas e independientes, pero menos nepotistas, conformistas, obedientes…

Socialmente, estas poblaciones muestran menor lealtad en el grupo, un particularismo moral más reducido y mayor confianza, justicia y cooperación con extraños. Cuanto más tiempo estuvo una población expuesta a la Iglesia, mayores fueron sus medidas de individualismo-independencia, confianza generalizada y justicia, y menor su medida de conformidad-obediencia.

Para resumir, podemos decir que la Iglesia, mediante el programa de matrimonio familiar, ha contribuido inadvertidamente a lo que los psicólogos han denominado psicología WEIRD”. Por la misma razón, se puede añadir que la Iglesia también ha contribuido, de forma inconsciente, a una sociedad abierta.

Desde este punto, se puede hacer una pregunta provocativa: en una sociedad abierta y multicultural con diferentes tipos de parentesco, ¿qué ocurre con la inclusión social y el riesgo de tensión que puede implicar?

Volvamos a la noción general de los derechos humanos antes de intentar responder a la cuestión de los llamados Derechos Humanos Cristianos. ¿Queremos celebrar el 70º aniversario de la DUDH el 10 de diciembre? Si la respuesta es afirmativa, ¿qué se debería celebrar: el auge de los derechos humanos hace 70 años, o el fin de los derechos humanos hoy en día con Trump, Erdogan, Putin y Xi Jinping? Otra pregunta más general: cuando se habla de derechos humanos, ¿puede decir cuáles son los derechos más importantes para usted? ¿Y a qué declaración se refieren? Los derechos humanos son derechos, por lo que debemos conocerlos si queremos actuar en su defensa y contra su violación.
Los derechos humanos siempre tienen tres dimensiones: jurídica, política y moral.

La formulación de los diferentes derechos debe contextualizarse, ya que dependen de las relaciones de poder y, al mismo tiempo, estas relaciones dependen de las constelaciones o coaliciones políticas. Por lo tanto, pueden surgir del compromiso. En un contexto más amplio, esta consideración lleva a la pregunta de si los Derechos Humanos, como una idea dominante en las relaciones internacionales, algún día desaparecerá o dará paso a otros términos que no habían aparecido antes por el predominio de la idea de Derechos Humanos.

Otro aspecto importante es el marco de los textos que proclaman estos derechos. Incluso si se aspira a la validez universal de las Declaraciones, todavía están sujetas al control de los Estados Nación. Sin embargo, se debe tener en consideración el nuevo papel de los tribunales internacionales de justicia. En lo que respecta al Estado en sí, los derechos humanos pueden, por un lado, fortalecer su papel pero también pueden socavarlo, reforzando los derechos del individuo contra el Estado.

La relación entre derechos y deberes es otra cuestión que se refleja a lo largo de los siglos en las diferentes Declaraciones. Unas veces se refleja de forma directa como en la versión de la Declaración francesa de 1795 o en la Carta Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos, también conocida como la Carta de Banjul. Otras veces aparece de forma indirecta cuando los derechos de una persona inducen los deberes de otra. Dado que el contexto cultural también es importante a este respecto, aparece la pregunta: ¿Los derechos se aplican más en las culturas occidentales y los deberes en las orientales? ¿O hay periodos que se acentúan más los derechos o los deberes? Estas cuestiones han sido y seguirán siendo objeto de investigación.

Además, y para simplificar el asunto que estamos tratando, se pueden distinguir dos aproximaciones diferentes a la noción de Derechos Humanos.
Si consideramos un enfoque más amplio de los Derechos Humanos -es decir, si queremos identificar las dimensiones de éstos, como la idea de la libertad, igualdad, solidaridad, inclusión, justicia en diferentes textos y experiencias- podemos observar las distintas religiones. En los textos principales de cada religión encontramos las ideas de amor, solidaridad y obligaciones hacia el prójimo. Sin embargo, si adoptamos un enfoque más restrictivo de los Derechos Humanos, pueden ser de utilidad las siguientes definiciones de Heiner Bielefeldt y Lynn Hunt.

Como señala Heiner Bielefeldt, para hablar de Derechos Humanos es preciso que se cumplan las tres condiciones siguientes: un universalismo normativo, un objetivo emancipador, y una intención política y legal. Con respecto al universalismo normativo, encontramos que los derechos son “inherentes” (siglo XVIII), lo que equivale a decir, “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derecho” (1948). Cuando mencionamos el objetivo emancipador, pensamos en el derecho de autodeterminación de cada persona. Por último, la intención política y legal se dirige al Estado, que tiene tres obligaciones: respetar, proteger y cumplir.

Para Lynn Hunt, los derechos humanos requieren tres cualidades entrelazadas: naturalidad (inherentes a los seres humanos), igualdad (los mismos para cada uno) y universalidad (que se pueden aplicar en cualquier parte). A esto, él añade que: “Solo obtienen significado cuando ganan contenido político”. La definición de Hunt, sin embargo, induce a una paradoja auto evidente: Si los derechos humanos son evidentes por sí mismos, ¿por qué han de declararse?

La década de los 40, con la creación de las Naciones Unidas, en 1945, y la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH), en 1948, es el periodo más investigado en la historia de estos derechos. No obstante, surge la pregunta de si el gran énfasis en este período no conduce a aberraciones en el sentido de que es posible que no se hayan tenido en cuenta cuestiones y contextos más amplios. Aunque el año 1948 marca una ruptura en la historiografía tradicional, sufre a su vez el desafío de nuevos enfoques en la historia de los derechos humanos.

Samuel Moyn es uno de los actores clave en este debate sobre la reorientación de la historia de los derechos humanos. En su opinión los derechos humanos tuvieron sentido para una gran parte de la población después de 1968, adquiriendo su significado contemporáneo solamente cuando decayeron las utopías políticas anteriores. Para él, la contribución específica de los historiadores al debate de los derechos humanos se encuentra en el momento en el que los derechos humanos comenzaron a influir en las ideas de un gran número de personas, que dirigen sus acciones en una nueva dirección. Estas ideas se infiltraron en sus pensamientos y vida cotidiana y legitimaron una cierta visión moral del mundo, nacional e internacionalmente, a la vez que contribuyeron a la desaparición de otras perspectivas. El enfoque radical de Moyn ha sido cuestionado y el debate continúa.

A pesar de todo lo mencionado anteriormente, sigue existiendo un desdoblamiento entre los textos y la realidad. ¿Qué puede hacer con las Declaraciones de los Derechos Humanos una persona pobre y demasiado débil como para defenderse? Esta pregunta se debatió en el siglo XIX y vuelve a ser de extrema importancia en el contexto de la crisis financiera y económica. Desde mi punto de vista, sin embargo, los derechos humanos son el resultado de un proceso de aprendizaje y responden a las experiencias de injusticia y sufrimiento, por lo que las narrativas basadas en experiencias de injusticia, articuladas de forma pública, deben añadirse a las narrativas basadas en documentos escritos.

Finalmente, y teniendo en cuenta todo lo dicho, llegamos a la pregunta que debemos abordar: ¿Hay algún derecho cristiano específico? Si la respuesta es afirmativa, ¿dónde están codificados?

Si hablamos de derechos humanos cristianos, creo que queremos saber – entre otras cosas – si los derechos humanos universales están influidos por el pensamiento cristiano y me limitaré a este aspecto.

Este tema se analizó en el libro de Samuel Moyn Derechos Humanos Cristianos que se publicó en 2015. En términos generales, diría que el mensaje esencial de este libro es insistir en la influencia del cristianismo y de la Iglesia católica en el desarrollo de los derechos humanos en el siglo XX. Como es ampliamente reconocido, la "relación histórica entre el cristianismo y los derechos humanos es ambigua".

Cuando un manual de derechos humanos incluye un capítulo dedicado al cristianismo y los derechos humanos, normalmente encontramos el Concilio Vaticano II, y también Pacem in Terris. Ambos se consideran el punto de inflexión en la actitud de la Iglesia católica en lo relativo a los derechos humanos. Si se menciona la libertad religiosa, desafortunadamente a menudo significa que las religiones insisten en la libertad para sí mismas y no para otras; si hay solo una verdad y piensas que tú la tienes, que tienes razón, parece que no quieres que otros tengan esta libertad. Por desgracia, la persecución de oponentes religiosos no es solo cosa del pasado.

En un encuentro de expertos en Münster, el politólogo Tine Stein, señala “la auto-contradicción performativa de la Iglesia”: “Aunque hacia el exterior, la Iglesia ha hecho de los derechos humanos la medida normativa para la política después del Concilio Vaticano II, hacia el interior, el reconocimiento de los derechos humanos no se ha desarrollado más desde la década de 1980” (Stica, 2003).

La idea principal para los cristianos es que detrás de los derechos está Dios, que creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, y a cada persona con la misma dignidad.

Sobre este aspecto, Roland Osborn observa que: “incluso si el lenguaje de los ‘derechos’ no se usó de manera formal o explícita, el Nuevo Testamento ha dado a cada persona un valor inimaginable. En lugar de luchar para alcanzar la dignidad como un bien escaso en rivalidad competitiva, todo el mundo ha sido convocado a vivir en generosa solidaridad con sus vecinos como personas de dignidad e igual valor al ‘propio’.”

Desde esta misma perspectiva, Robert Traer destaca que al hablar de derechos cristianos, el estándar de la ley debe buscarse fuera de la ley. Los creyentes cristianos concuerdan en que todas las afirmaciones de los derechos humanos se basan en la realidad trascendente de Dios. La dignidad humana es el estándar para la ley ya que: “el hombre precede al Estado” (Rerum Novarum, 1891).

Volviendo al libro de Moyn, su tesis general es: “A través de esta era trans-guerra perdida y omitida, es igualmente, si no más viable, considerar los derechos humanos como un proyecto de la derecha cristiana, de los conservadores católicos, y no de la izquierda secular”. (Moyn, 2015, p.8). Además, en una entrevista, Moyn dice que él mismo estaba “sorprendido y desconcertado ya que fue el Papa, más que nadie, el que organizó su pensamiento en torno a los derechos humanos en la Segunda Guerra Mundial. En la década de 1940, cuando se propuso la Declaración Universal de los Derechos Humanos, se defendieron sobre todo entre los cristianos, y a veces como un proyecto explícitamente cristiano. Incluso Amnistía Internacional, como una de las primeras ONG de derechos humanos, fundada por el ferviente converso al catolicismo, Peter Benenson, escapó, al principio, a duras penas de las trampas cristianas, cuando encendía velas votivas por los presos de libertad de conciencia. La historia de la génesis cristiana se perdió rápidamente debido al colapso del cristianismo, al menos en términos de membresía formal y modo de vida religioso”. Moyn comienza con un discurso del Papa Pío XII para la Navidad de 1942. En este discurso, la dignidad humana es central ya que el Papa menciona diferentes puntos de paz, citando “La dignidad de la persona humana” entre ellos:

“Quien desea que la estrella de la paz aparezca y se detenga sobre la sociedad, contribuya por su parte a devolver a la persona humana la dignidad que Dios le concedió desde el principio […] apoye el respeto y la práctica realización de los siguientes derechos fundamentales de la persona:

- El derecho a mantener y desarrollar la vida corporal, intelectual y moral, y particularmente el derecho a una formación y educación religiosa;
- el derecho al culto de Dios privado y público, incluida la acción caritativa religiosa;
- el derecho, en principio, al matrimonio y a la consecución de su propio fin;
- el derecho a la sociedad conyugal y doméstica;
- el derecho de trabajar como medio indispensable para el mantenimiento de la vida familiar;
- el derecho a la libre elección de estado; por consiguiente, también del estado sacerdotal y religioso;
- el derecho a un uso de los bienes materiales consciente de sus deberes y de las limitaciones sociales.”


En esta cita, se detecta fácilmente la influencia del filósofo francés Jacques Maritain ya que subraya una visión personalista de los derechos humanos. Para otros científicos, como James Chappel, la noción de individuos con derechos no era ajena al pensamiento católico general ya en la década de 1920 y principios de la década de 1930. (Chappel, 2015).

Más tarde, en 1980 durante una reunión ecuménica, en una consulta patrocinada por el Consejo Mundial de Iglesias con la Federación Luterana Mundial, la Alianza Mundial de las Iglesias Reformadas y el Pontificio Consejo de Justicia y Paz, se identificaron tres enfoques teológicos para la justificación de los derechos humanos:

“El primer enfoque procede de la creación y considera que la fuente de los derechos humanos está implícita en la ley natural. El segundo enfoque insiste en la experiencia del pacto de Dios con su pueblo. El Nuevo Pacto en Cristo es el criterio para tratar con el desarrollo natural histórico y los derechos humanos. El tercer enfoque incluye el acontecimiento de la justificación de los pecadores mediante la gracia de Dios como base de la libertad y de ahí emanan todas las responsabilidades de las personas con el prójimo. […] Sin embargo, la consulta afirma que existe un entendimiento común en la doctrina básica de que todas las declaraciones teológicas de los derechos humanos derivan de la antropología cristiana de la persona humana creada a imagen de Dios”.

A esto se le podría añadir que, para los cristianos, no hay distinción entre las diferentes categorías de derechos y, en este sentido, se defiende lo que podríamos llamar un “humanismo total”.

Desde un punto de vista similar, Robert Traer señala que el amor cristiano requiere la primacía de los derechos sociales. En este contexto, David Hollenbach SJ (Claims in Conflict 1979) sugiere formular tres prioridades morales estratégicas:

1. Las necesidades de los pobres tienen prioridad sobre lo que quieren los ricos.
2. La libertad de los que están dominados tiene prioridad sobre la libertad de los poderosos.
3. La participación de grupos marginados tiene prioridad sobre la conservación de un orden que los excluye.

Para profundizar en nuestras reflexiones sobre la influencia de los derechos cristianos y complementar todo lo que se ha mencionado, podría ser adecuado no concentrarse únicamente en la Iglesia, sino también en otras religiones como, por ejemplo, el judaísmo, pensando en una génesis de varias religiones. No obstante, dejaré este ejercicio para investigaciones futuras.

Antes de llegar a algunas observaciones finales, me gustaría mencionar un tema importante en el futuro: la igualdad social. El debate en torno a esta cuestión es el siguiente: ¿Cómo es posible que 70 años después de la DUDH persista la desigualdad social a pesar de los esfuerzos realizados para defender y promover los derechos sociales y económicos? Una de las razones que pueden explicar esto podría ser que hoy en día la economía neoliberal es predominante, y esto crea nuevos retos que no existían en 1948. Le invito a reflexionar sobre el tema y también, a pensar en posibles soluciones para disminuir las desigualdades sociales. Este es nuestro trabajo, y no se nos permite fallar. Si como Justicia y Paz no hacemos todo lo posible por encontrar una solución a esta injusticia, ¿quién lo hará? Quizá en un futuro, el concepto de igualdad social sea más importante que otros derechos humanos.

En conclusión, se pueden extraer algunas propuestas:

En primer lugar, debemos proporcionar una definición de “valores” cada vez que utilicemos el concepto. Al mismo tiempo, debemos pedir una definición del concepto cuando otras personas hablan de ellos.

En segundo lugar, los cristianos deben participar en redes de derechos humanos. Cuando sea posible, los cristianos deben comprometerse en sus iglesias y no olvidar nunca la dimensión social de los derechos derivados de su fe.

En tercer lugar, debemos señalar que – por todo lo dicho – el catolicismo no consiste únicamente en espiritualidad. “La fe sin obras está muerta” (Santiago 2, 26).

Asimismo, debemos insistir en los derechos que tienen prioridad para los creyentes cristianos en estos tiempos difíciles, como, por ejemplo: aquellos relacionados con las personas refugiadas, el derecho a vivir desde el principio hasta el final de la vida, las mismas oportunidades para sobrevivir de cada persona y la libertad religiosa –no solo la libertad para tu religión sino para todas– entre otros.

Del mismo modo, debemos luchar por los derechos dentro de la Iglesia, que también está pasando tiempos difíciles -una crisis real- por lo que necesitamos un cambio de paradigma. Con la participación de mis amistades en las diferentes Comisiones de Justicia y Paz y las que trabajan en el campo de la Doctrina social de la Iglesia, no he tenido ninguna intención de abandonar esta Iglesia, al menos por ahora. Luchad por los derechos de las personas consideradas en la periferia de la Iglesia, por ejemplo, los miembros de la comunidad LGBT que quieren vivir su fe dentro de ella (ver Papa Francisco: “¿Quién soy yo para juzgar?”). Luchad también por la democracia dentro de la Iglesia.

Finalmente, y lo más importante, no debemos olvidar nuestra forma de trabajo: la transformación no violenta de los conflictos que permita salir de ellos hacia una paz duradera.

 

Bibliografía


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