Maria Martin EdOArtículo de opinión de Maria Martín Goula, colaboradora de Justícia i Pau.

El Muro de Donald Trump se está construyendo dentro de los Estados Unidos

La historia es bien conocida: el Presidente Trump forzó el cierre del gobierno federal (Shutdown) para intentar incluir 5.700 millones de dólares en el presupuesto federal para construir otra parte de muro en la frontera sur de Estados Unidos. La confrontación mantenida con la líder demócrata Nancy Pelosi fue titánica y finalmente el gobierno se reabrió, sin incluir —de momento— el muro en el presupuesto federal. Si el argumento trumpista no es nuevo (protegerse de los "otros" apelando al miedo) el de los demócratas tampoco es nuevo: sí a un muro, pero no así. Nadie puede negar que el aburrimiento y odio hacia los inmigrantes que se está demostrando es de escándalo, pero la insistencia en dividir y enfrentar de los dos partidos políticos, no da a entender que se quiera abordar la cuestión migratoria con la compasión y humanidad que son necesarias.

Por un lado, sabemos que la negación demócrata no es una cuestión de precio, pues los 5.700 millones de dólares solicitados para el muro representan el 0.16% de los aproximadamente 3.422 billones de dólares del presupuesto federal por el 2019. El hecho de que los demócratas veten los presupuestos es una cuestión moral pero también de capital político: el muro envuelto con el discurso presidencial, sólo puede ser un muro fundamentado en el odio hacia los inmigrantes y no lo pueden aceptar en estos términos. Pero los demócratas pueden aceptar la militarización de la frontera en otros términos. Por ejemplo, Bill Clinton inició la construcción del muro y Barack Obama fue el presidente que más inmigrantes indocumentados deportó. Así la moneda tiene dos caras y el capital político que Trump saca de querer construir un muro, también es capital político de los demócratas cuando se oponen abiertamente —pero no factualmente.

Los millones que se dedicarían al muro no son la única cuestión, sino también su utilidad como respuesta a la inmigración indocumentada. Se estima que el 40% de la inmigración indocumentada accede al país de manera legal y se quedan al caducar la visa, en vez de salir del país. Estos datos indican que hay otras partes dentro de la política de inmigración que son casi igual de porosas que la frontera sur, pero nadie está prestando tanta atención a esos procesos, y hay que preguntarse por qué. Por otra parte, la American Civil Liberties Union de San Diego señaló que después de la primera militarización de la frontera —cuando se construyeron los primeros muros en zonas tradicionales de paso— durante los años 1993 y 2009, las muertes de los inmigrantes que intentaban cruzar a pie, se incrementaron en un 100%, pero la inmigración no se redujo, pues en el año 2000 se produjo un pico migratorio importante, a pesar de los muros. Así, militarizar la frontera no contribuye a solucionar el problema, pero sí a deshumanizarlo aún más, porque, con muro o sin él, las personas que huyen del hambre, la pobreza y la violencia continuarán caminando la ruta hacia los Estados Unidos. Con todos estos datos en la mano, tanto Trump como los Demócratas —por ahora—están pidiendo las mismas soluciones, más seguridad en la frontera en lugar de, por ejemplo, ofrecer programas de apoyo para lidiar con la violencia en países como El Salvador, Guatemala o Honduras que es la que empuja a los inmigrantes a emprender la ruta.

El muro de Donald Trump, no es ni una idea nueva, ni ha funcionado anteriormente pero es un buen elemento de división rápida y fácil que está siendo explotado por los dos grandes partidos. Romper esta dinámica es difícil, y de cara a las elecciones presidenciales del 2020 es muy tentador pivotar sobre esta división. Pero al mismo tiempo es urgente encontrar puntos en común para construir puentes en una sociedad que cada día está más polarizada y donde los más débiles pagan las consecuencias.

Maria Martín Goula