Miquel-Angel-Prieto EdOArtículo de opinión de Miquel Àngel Prieto, miembro de la Junta de Gobierno de Justícia y Paz.
 

Iluminemos los caminos de la reconciliación

Hace unas pocas semanas, el distrito barcelonés de Nous Barris fue escenario de un testimonio poco habitual. El Ateneu Popular organizaba la charla titulada: “De Puig Antich a Ester Quintana, cuando la policia se equivoca” con participación de Jordi Panyella, autor del libro Salvador Puig Antich, Cas obert, Imma i Montse Puig Antich, hermanas del último ejecutado por el franquismo mediante garrote vil, Ester Quintana, que perdió un ojo por una bala de goma disparada por la policía de la Generalitat de Cataluña, y un ponente desconocido para la mayoría de los asistentes, el policía y jurista, Tomás Gil.

Su intervención sorprendió: “Puig Antich murió a manos del Estado, que le quitó la vida de una forma indigna y miserable. Yo soy el hijo del comisario que dirigió a los policías que detuvieron a Salvador” y, dirigiéndose a Imma i Montse Puig Antich: “Quiero pedir perdón. En España, las instituciones, hemos sido incapaces de algo tan elemental en la vida, como es lo que se hace en países más democráticos que nosotros, que es pedir perdón por cosas que nunca tenían que haber sucedido (...). Negar la verdad, la manipulación de los hechos y no pedir perdón cuando corresponde, esto es un problema”. (citas de la crónica publicada en la Revista Rambla). 

Después de décadas de olvido público sobre el daño causado por la dictadura franquista o de relatos enfrentados sobre la más reciente violencia política en el País Vasco, comienzan a emerger gestos de reconciliación. Hasta ahora, pocos casos están acompañados por instituciones públicas. Por eso, es especialmente valioso el libro publicado por el Institut Català Internacional per la Pau:“Ondas en el agua. Un análisis de la experiencia Glencree”. Los autores narran la experiencia vivida por un grupo de unas treinta víctimas de ETA, de los GAL, del BVE y de las Fuerzas de Seguridad del Estado de diferentes épocas, que se reunieron en Glencree, Irlanda del Norte, entre 2007 y 2012. La iniciativa orientada a la exploración de la posibilidad de un diálogo constructivo entre víctimas de diferentes bandos había contado con el apoyo del Gobierno Vasco.

Contemplamos con profundo respeto estos dos valientes ejemplos de reconciliación en fases diferentes de la violencia política (el caso de Glencree es anterior a la declaración de alto el fuego de ETA). Los dos cuentan con la generosidad de personas directamente afectadas, sean del entorno de las víctimas o de los perpetradores de la violencia, que se arriesgan a la incomprensión o incluso al rechazo. Ellas se atreven a dar los primeros pasos de un nuevo camino. Un camino que realizan juntos con muchas otras personas que rechazan la violencia y reconocen el sufrimiento de todas las víctimas.

Pedro Luis Arias Ergueta, antiguo portavoz de Gesto por la Paz de Euskal Herria, ha escrito recientemente en la revista Alandar: “Sigue siendo necesario compartir cómo han vivido y sentido personas de diferentes sensibilidades durante los años de conculcación gravísima de derechos humanos fundamentales” y reclama el conocimiento y reconocimiento público de estas experiencias, también por la Iglesia.

Hasta ahora, las fuerzas sociales, las autoridades eclesiales i las élites políticas, al frente de las principales instituciones del Estado, han hecho poco por iluminar los caminos de la reconciliación. Sin embargo, pienso que, entre las medidas a aplicar para la regeneración política, no se pueden descuidar el apoyo a los procesos de reconciliación y ampliarlos, incluyendo actuaciones en el ámbito de la política penitenciaria.

Los necesarios cambios políticos y sociales tienen que tener como horizonte una sociedad más pacífica e inclusiva. En tiempos de transformación, el conjunto de la sociedad tiene que poder mirar a la cara el pasado más vergonzoso, recuperar las memorias oprimidas y explicarse los mecanismos que hicieron posible aquel horror. La difusión de experiencias de reconciliación, sin vulnerar el derecho a la intimidad de las personas protagonistas, facilitan la sensibilización, y a la vez son un signo de mejora y transformación de las relaciones sociales y de gestión de las diferencias y los conflictos sin recurrir a la violencia.

Miquel Àngel Prieto
20/03/2016