Laura Ribera EdOArtículo de opinión de Laura Ribera, miembro de Justícia y Paz Barcelona

 

Cuando los rasgos físicos te cuestionan

¿De dónde eres? ¡Hablas muy bien el catalán! Eres del este, ¿verdad? A los quince años bromeaba con este tipo de preguntas tomándomelo de manera irónica. Unos años después, sin embargo, me doy cuenta de que estas preguntas, lejos de ser inocentes, transmiten una manera concreta de entendernos como sociedad. Lejos de la utopía y de las palabras del ex-presidente Pujol que "es catalán quien vive y trabaja en Cataluña", la cotidianidad nos revela que aún estamos lejos de percibir los que por rasgos físicos, prácticas religiosas o forma de vestir difieren de lo que nuestro imaginario nos dicta qué es ser o no ser de un determinado lugar, en este caso, catalán.

Nacida en la Cataluña central y sin ningún vínculo familiar, ni de antecedentes con la Europa del Este, diferentes personas me han pedido mi origen o me han felicitado por utilizar el catalán. ¿Y eso por qué? Por ciertos rasgos físicos.

Lo hemos globalizado e interconectado todo, nos gusta mucho la pizza, nos comunicamos a través de smartphones fabricados en el este asiático, cuyos minerales han sido extraídos de países del continente africano. En nuestras discotecas, suena reggaeton de América Latina y cada vez más celebramos fiestas anglosajonas. Nadie se cuestiona que todo esto no haya sido producido en territorio nacional y que quizás tampoco "es muy de aquí", utilizando una frase que a menudo sentimos.

Paradójicamente, cuando hablamos del origen de las personas no aplicamos la misma lógica. Somos nosotros mismos quienes cuestionamos "la catalanidad" de nuestros conciudadanos.
Son muchas las personas que aman este país y que, sin dejar atrás su identidad, quieren ser partícipes de manera activa de su cultura, lengua, tradiciones, etc. El paisaje humano ha cambiado. Nacer en un lugar concreto no determina la identidad ni la forma de pensar, por lo que hay que dejar de cuestionarnos la identidad basada en criterios simplemente visuales. Dejando de lado descripciones legales, una persona deja de ser inmigrante cuando afronta los mismos problemas y dificultades que los habitantes del lugar donde reside, pero también cuando comparte y se beneficia de las alegrías colectivas.

La tendencia global no es esperanzadora; la campaña de primarias para escoger candidato para las próximas elecciones estatales, en los Estados Unidos de América, sociedad en la que en algunos aspectos nos reflejamos, está llena de discursos xenófobos, especialmente de la mano del polémico Donald Trump. Al norte del viejo continente europeo, la historia parece repetirse con movimientos de extrema derecha, neonazis y xenófobos en Alemania, Francia, Dinamarca, Polonia, etc.

Afortunadamente, Cataluña se encuentra en una situación un poco más distante, con movimientos xenófobos minoritarios y sin manifestaciones masivas contra la inmigración. Parece que hemos trabajado con resultados positivos la parte del iceberg que es más visible. Sin embargo, es necesario que trabajemos conjuntamente para intentar eliminar aquellas preguntas y actos que de forma, tal vez inconsciente, nos cuestionan el origen o la realidad de sentirnos catalanes.

Estamos encauzados, pero pecamos en la parte más dolorosa y, si de verdad queremos construir un nuevo país y empezar, tenemos que aunar todas las personas que lo habitamos. Debemos dejar de preguntarnos de dónde venimos para trabajar juntas, de manera unitaria por Cataluña.

 

Laura Ribera

15/02/2016