Artículo de opinión de Marc Grau, presidente de Justícia y Paz Terrassa.

 

Ojos, corazones y mano


El drama de los refugiados parece no tener freno. La pasividad de la mayoría de nosotros, tampoco. Sentimos inevitablemente la palabra refugiados a lo largo del día y, como en cada gran injusticia, nos podemos hacer tres preguntas, (1) ¿qué sabemos? (2) ¿qué nos dice nuestro corazón?, (3) y si nuestro corazón se conmueve, ¿qué podemos hacer?

De los refugiados, se habla mucho y poco. Se habla mucho a un nivel superficial, tertuliano, de la calle, que qué drama, pobres niños, los lamentables comentarios de un candidato republicano, la presumible ineficiencia de la Unión Europea, y el papel de Alemania, pero a menudo nos falta profundidad, análisis, pensamiento crítico, ternura, y desmitificación. Tendemos a tener la vaga noción de que todos los refugiados quieren venir y vienen hacia aquí. Lejos de ello, recientes estudios revelan que los países que acogen más refugiados sirios son Turquía, Líbano y Jordania, sin hablar de otros países que acogen refugiados provenientes de otras guerras que ni escuchamos.

Hace poco coincidí con una pareja siria en el aeropuerto de Estambul, y me contaban que preferían estar en el Líbano para estar más cerca de casa. Según Acnur, Chad, Uganda, Yemen, Sudán, Pakistán, Camerún son otros de los países que más refugiados acogen provenientes de estos otros conflictos que nos llegan con cuentagotas. Nos falta también conocer los refugiados, los inmigrantes, los recién llegados, conocer su corazón, sus manos y sus ojos, y darnos cuenta de que estos corazones, manos y ojos son las de nuestro hermano. Conocer, ya sea a un nivel más analítico o más humano, es un primer paso.

En segundo lugar, hay que escuchar a nuestro corazón. Ver sistemáticamente todas estas imágenes, noticias, desgracias, lleva a muchas personas a sentir una punzada en el corazón, a empatizar con el que sufre, y querer hacer algo, pero luego vuelve aquel pensamiento que yo no puedo hacer nada e, incluso, llegar a la conclusión de no verlo para no sufrir. Sentir, emocionarse, incluso sentir rabia y pena, para vivir y ver la injusticia a nuestro alrededor es parte de nuestra calidad humana. No nos inmuniza, nadie ha dicho que sea fácil. Pero sólo los corazones conmovidos por el sufrimiento de un igual, o una injusticia social pueden llevar a iniciativas que ataquen el problema en cuestión.

Por lo tanto, el tercer paso por todos aquellos de corazón conmovido es canalizar esa emoción, en una nueva y pequeña acción. En este punto, llega nuestro viejo conocido pensamiento de yo no puedo hacer nada. Y quizás no se puede solucionar el problema en toda su totalidad, pero sí ayudar, tender la mano a algunos, tal vez uno, de los que sufren. Los amigos de Justícia i Pau de Sant Just Desvern, por ejemplo, organizaron una recogida de ropa para refugiados en Calais, y hace poco con una furgoneta fueron hasta allí para llevarlo en persona, y ver el drama en que viven. Recientemente también hemos visto, el reportaje en TV3 sobre la iniciativa de la pequeña ONG Open Arms, que abre los brazos a los refugiados en el mar. Y así podríamos seguir con un largo etcétera de pequeñas iniciativas, que hacen la situación algo mejor de lo que es, en definitiva, un mundo mejor. La solución está en nuestros ojos, corazones, y manos.

Marc Grau i Grau

09/02/2016