Artículo de opinión de Joan F. López Casasnovas, miembro de Justícia i Pau Menorca.

 

De páteras a pateras. Civilizaciones mediterráneas

Plato o cuenco de poco fondo que se usaba en los sacrificios antiguos, define la RAE “pátera”, palabra esdrújula. Hoy en día los medios de comunicación hablan mucho más de “pateras”, con acento en la penúltima y significado explícito, aunque remotamente emparentado con el plato de las libaciones. “Patera”, ‘embarcación pequeña, de fondo plano, sin quilla’. La RAE añade en una segunda acepción ‘usada para el transporte de inmigrantes ilegales’. Dejemos de lado, quizá por políticamente incorrecto, el adjetivo ‘ilegal’ aplicado a algunos desesperados que se arriesgan a saltar de una orilla a otra del Mediterráneo.

Sobre legalidades habría mucho que hablar. Las costas griegas y maltesas conocen su llegada, también las del sur peninsular o las de la pequeña Lampedusa. Muchos llegan con vida; otros se la dejan en el intento. Con harta frecuencia el cementerio marino los acoge en su seno.

Los romanos se apropiaron, tiempo ha, de este mar cerrado, tanto que sólo respira por el estrecho de las columnas de Hércules. Com si fuera suyo, le llamaban Mare Nostrum y, en efecto, durante siglos constituyó su dominio marítimo. Lo rodeaban las orillas conquistadas: Terra Nostra, los confines de Terramar. El mar de casa.

Los que venían a casa y no hablaban latín vernáculo serían considerados bárbaros. Los bárbaros, los que no hablaban la lengua del Imperio y que eran vistos como extraños (extranjeros), forasteros (ciertamente, procedían de fuera), acabaron por derribar las murallas de la capital del mundo. Aquellos muros presuntamente inexpugnables, ¡obra de romanos!, no resistieron al fin sus embates. Urbe condita, Roma, aún denominada la Ciudad Eterna, nunca más fue como antes. Huéspedes vendrán, que de casa os sacarán, reza un refrán no muy acorde con el espíritu de acogida.

Lo que un siglo levantó, otro lo abate, se lee en Canigó, el poema épico de Mn. Cinto Verdaguer. Las patrias se hacen y se deshacen, como arcoíris; bien es cierto que, en determinados casos, “las” deshacen, o intentan hacerlo, patriotas de otras patria intolerantes, soberbias, más poderosas. Sin embargo, ¿cuál debe ser la patria del hombre? La del hombre universal, cosmopolita, ¿puede que sea el mundo entero? ¿O los Derechos Humanos? La del que se siente arraigado a un país, ¿será su hogar? Ubi bene, ibi patria, sabía el vagabundo, portador soberano de identidades heredadas. Donde uno esté a gusto, allí está su patria. Lo dijese Cicerón o su criado, la cuestión era medirlo todo epicúreamente según el grado de placer, y así hacer frente a cualquier desventura. La patria es la madre (¿en qué quedamos?) para quien, vistiendo camisa azul y correajes con el yugo y las flechas, nos decía que teníamos que estar dispuestos a dar por ella hasta la última gota de nuestra sangre. No lo entendíamos.

Éramos niños en tiempos de permanecer días, meses, años cara al sol con “ardor guerrero” (de aquellos sofocos, estos melanomas). I nuestras voces infantiles debían, velis nolis, vibrar “en amor patrio enchido el corazón”: ¡Me copiarás cien veces henchido se escribe con hache! 

Éramos, todavía somos, animales de granja en el corral del país, en un estado-corral (o quizá una pocilga a la vista de tantas porquerías), que algunos se emperran en monopolizar con derecho a uso y abuso. Utere et abutere. El Derecho Romano consideraba que la propiedad privada otorgaba dicha prerrogativa al dueño del cortijo.

Hace doce años, el XXVIII premio Borne de teatro fue para el colombiano Juan Pablo Vallejo por su obra “Patera”. Hablan dos emigrantes: “¿Por qué hablas tanto Mustafá? El otro corrige: “Mustapha. Mustafá suena fatal. Como Mojamé”. El que se llama Mustapha puntualiza: “Mohamed. Ya nadie dice bien el nombre de los demás”. Pues sí, el nombre de cada cual lleva implícito el reconocimiento de su alteridad. Este déficit onomástico debe de ser indicativo de la gravedad de nuestro tiempo.

Se conmemora este año el séptimo centenario de la muerte de Ramón Llull, el catalán de Mallorca que tuvo una fe ilimitada en el valor de la palabra y del diálogo. Practicaba su sapiencia: Iustitia procurat pacem et iniuria bellum. Decididamente, no hay más patria que un país con justicia. Y puesto que, como es sabido, aquí “no hay derecho”, los gobiernos bien pensantes de las naciones civilizadas de Europa de nuevo levantan muros para impedir que entren los bárbaros. Lo de menos es que huyan de las guerras que les hemos montado o del hambre a que les condenamos. Por lo demás, Schengen ha muerto y la Declaración Universal de los Derechos Humanos quema en la pira del dios Marte. Las humaredas de los bombardeos suben al cielo entre el silencio del mundo y los murmullos en las Cancillerías.

Joan F. López Casasnovas, 31 de enero de 2016