Joan Lopez EdOArtículo de Joan F. López Casasnovas, miembro de Justícia i Pau Menorca.

Los locos guiando a los ciegos

William Shakespeare, en el primer acto de su drama Julio César, puso en boca del personaje Casio unas palabras que nos pueden ser útiles en estos momentos de perplejidad política, en la que los valores considerados estables o establecidos se tambalean en la vieja Europa. Hablando del gobierno de los destinos humanos, dice a su interlocutor: La culpa, querido Bruto, no la tienen los astros, sino nosotros, que queremos ser esclavos. ¿De qué queremos ser esclavos? Si es que alguien asume la esclavitud como una voluntad, contestaríais que de nada. Vull ser lliure, cantábamos en tiempos lejanos del escultismo, i abans de ser un esclau, enterreu-me sota el fang... Pues sí, estamos hundidos en el lodo. Revolcados como cerdos dentro del barro del consumismo sin fronteras, en un bienestar más presunto que real si está creado con deseos egocéntricos y en la compra de tiempo importado de no sé dónde, que nunca llega aunque lo pagues a precio de oro.

Queremos ser esclavos de los ídolos que nos mueven a adorar, con seducción programada, a los dirigentes del mundo. Poco importa si, volviendo al gran poeta inglés, ignoramos que el azote del tiempo (tanto el de la Inglaterra del siglo XVII como de nuestro tiempo) es que los locos guíen a los ciegos, como leemos que dice Gloucester en El rey Lear. Y es que la locura de los grandes hay que vigilarla de noche y de día. Porque nos va la vida a nivel planetario, y está claro que mi vida y la tuya y la de muchos, de casi todos... Y como no vigilemos más, no daremos abasto: crisis económica, indiferencia ante un Everest de injusticia y corrupción, devastación de derechos laborales, precarizaciones, miseria moral y humana, etc.

Ante este mal estado de cosas, crece un movimiento rampante de desconfianza hacia la globalización y la porosidad de las fronteras —flujos migratorios, concurrencia comercial y movimientos de capitales incontrolados. Hay miedo, inseguridades. Nos golpea un sentimiento de vulnerabilidad que viene vinculado al par revolución tecnológica / mundialización de los cambios, y sus efectos no hay que buscarlos muy lejos, ya que los tenemos muy cerca: incremento de las desigualdades y estancamiento de las rentas medias y bajas, entre otras "austeridades" impuestas.

¿Nadie lo vio antes de que íbamos directos? ¿Tan ciegos estábamos? No, cierto; hubo algunos, pero marginales o marginados, que osaron denunciar el disparate o emitir reservas sobre los méritos absolutos de la opción del libre cambio durante el último cuarto del siglo pasado. Aquellos que nos advertían del riesgo del culto al becerro de oro eran menos escuchados que los troyanos que escuchaban a la vidente Casandra. Sin embargo hoy quizás serían parte del pensamiento dominante, a saber.

Claro que no todo ha ido mal. El desarme de las aduanas entre países ha sido un progresivo factor de enriquecimiento; las enormes desigualdades entre el Norte y el Sur han disminuido en términos absolutos desde 1945 hasta hoy. Otra cosa sería comprobar si la distribución de la riqueza incrementada ha llegado hasta donde habría tenido que llegar, es decir, a todos los países y a todos.

El peligro no reside, pues, en la globalización ni en la consiguiente reacción proteccionista. El peligro, más bien, lo encontraremos en los que se empeñan en perseverar en repetir lo ya probado. Por ejemplo, son peligrosos los tecnócratas que impulsan el Tratado Transatlántico de Comercio, el TTPI, que quieren permitir a los más poderosos de hacer lo que les dé la gana, eso sí: en nombre de la Libertad, la libertad de pisotear a los otros para poder ellos hollar por doquier.

¿Qué hay que hacer, por lo tanto? No tengo respuestas técnicas; para mí que el remedio pasa por que se pongan en marcha, no políticas para proteger fronteras, sino políticas para proteger a las personas, a la gente, a aquellos que están más amenazados por la globalización, por la explotación, por las guerras. Se reclama, sí, un nuevo "Estado-providencia", que está por inventar, adaptado a las nuevas fragilidades sociales generadas por una irrefrenable (¿quizás irreversible?) integración económica. Esta es la cantera de donde extraer los ladrillos de los nuevos edificios de las izquierdas. Las políticas futuras deben querer priorizar las necesidades sociales sin miedo a las normas sociales y económicas que impongan el bien común. ¿Por qué, si no, tendría que servir la política? Pero las izquierdas parecen estar a oscuras o ciegas ante las nuevas realidades. Mientras tanto, los locos nos siguen guiando con paso firme... hacia el abismo.

Joan F. López Casasnovas
24 de abril de 2016