Articulo de Judit Montenegro, miembro de Justicia y Paz Barcelona, que escribe desde Perú.

 

El Trabajo Infantil Doméstico en el Perú, abusos y riesgos invisibles

Uno de cada cuatro niños en el Perú trabaja. Y dentro de esta demoledora cifra, los Trabajadores Infantiles Domésticos (TID) son los más invisibilizados.

El año 2011 se estimó que 110.000 niñas, niños y adolescentes trabajaban cuidando bebés o ancianos, limpiando casas, cocinando, planchando, lavando platos o haciendo encargos, entre otros. Pero posiblemente la cifra sea mucho más alta debido a la peculiaridad de este tipo de trabajo, muy asociado a la informalidad y no reconocido, en muchos casos, por los mismos trabajadores domésticos.

En el Perú, la edad mínima para trabajar son los 18 años, pero con permiso de los padres se puede trabajar a partir de los 14. Es ilegal que un niño por debajo de esta edad trabaje. Aun así, según un estudio realizado por la Asociación Grupo de Trabajo Redes del Perú conjuntamente con Anti-Slavery, la media de edad de entrada al trabajo doméstico en este país son los 12 años y la edad más baja, los 7.
El perfil de niños que se inicia en esta profesión es claro: provienen de familias en situación de pobreza o extrema pobreza. Y si afilamos algo más, encontramos que en la mayoría de los casos tienen rostro de niña.

Joana, de 9 años, me explicaba que realiza encargos para su hermano y las vecinas y cuando viaja a la sierra por “vacaciones” cuida de su primo de un año, limpia la casa y los lavabos y cocina estando sola en el hogar. Durante la entrevista, se le muestran unos dibujos donde se representan los riesgos que las niñas pueden tener realizando estos trabajos. Me sorprende que no marque “tengo miedo que se me caiga el niño que cuido”. Me aclara: “No, no tengo miedo porque lo cargo así bien y lo agarro en la espalda con el poncho”, a pesar de hacer poco más de un metro de altura. No recibe ningún sueldo ni propina a cambio.

Fernández tiene 15 años. Vive en una casa con su madre, hermanos, tíos, padrinos, abuela, primos y su madrina en Villamaría del Triunfo, uno de los cerros más pobres de Lima. Cuenta que, cuando sale de la escuela, desde que era pequeño ha cuidado de los hijos de sus hermanos, hermanas y de su madrina, que cocina, limpia la casa y la ropa de ellos, que hace los encargos de su madrina y vecinas y que ayuda también a sus padres. No considera que las tareas que lleva a cabo sean un trabajo. “Ayudo a mí familia y las vecinas, nomás”. No recibe ningún salario ni propina a cambio, a parte del techo donde vive.

Carmen Rosa tiene hoy 23 años y busca empleo. Su trabajo ideal sería “cama adentro” con su hijo, que tiene 4 años, porque así no lo tendría que dejar solo. Llegó de la sierra a Lima sola con 14 años; era la mayor de ocho hermanos y tuvo que dejar la escuela a los 10 por falta de recursos de sus padres. “No quería ser una carga para ellos” y decidió dar este paso, aunque también huía de un contexto de maltratos. De su padre no tiene buenos recuerdos. “Me daba golpes... y de todo. Golpes con un palo en la cabeza. Hoy tengo problemas de memoria por eso. Ya me pidió disculpas más tarde, no sabía cómo tratar. Yo ahora los entiendo, es mucha presión tener que cuidar a tantos hijos”. Sobre su madre explica que “ella sabe que todas las mujeres pasamos por eso. Tenemos que pasar lo que sea y por los hijos. De ella recuerdo su amor y defensas”. Al llegar a la capital sus tías le dieron la espalda y buscó trabajo por días como trabajadora doméstica.

Los motivos del trabajo infantil doméstico son claros: la necesidad de ayudar a sus familias o bien migrar (mayoritariamente en la capital) para huir de un entorno sin oportunidades y, a menudo, también de violencia. Desgraciadamente, los abusos y los riesgos que ser TID comporta son la nueva batalla para estos niños.
Pero para erradicar el trabajo infantil y el trabajo infantil doméstico en el Perú hace falta, antes que nada, voluntad política. Es intolerable que el monitoreo y apoyo a estos menores recaiga totalmente en ONGs locales. Hay que invertir en educación para empoderarlos, dejar de ser el país latinoamericano que menos invierte en enseñanza. Hacen falta esfuerzos para que el trabajo infantil pase a ser socialmente inaceptable. Y, por último, el eterno rival a combatir: la pobreza. Pobreza en uno de los países más ricos en recursos naturales del mundo. Una gran paradoja, que no casualidad.

Judit Montenegro
07/06/2016