Artículo publicado por Joan F. López Casasnovas, miembro de Justícia i Pau Menorca. 

Mejorando la “marca España”

Empatía es la facultad de comprender las emociones y los sentimientos de los demás. Se da a través de un proceso de identificación con el objeto, grupo o individuo con el que nos queremos relacionar. Es fácil apesadumbrarse al ver por televisión el drama de las guerras, la tragedia de los que buscan refugio para salvar la vida, las víctimas de tanta violencia o de los desastres naturales. Sin embargo, cuando nos referimos a los efectos de la naturaleza desatada, tengamos presente que no todo el mundo los padece igual: no es lo mismo vivir en un sólido hogar de Miami que en Haití dentro de una instalación prefabricada en el momento en que la tierra tiembla o un ciclón tropical se te viene encima.

Por otra parte, la solidaridad es un sentimiento que sube y baja como un muelle. Crece a partir de un acontecimiento estremecedor y de su difusión por los medios, y decae rápidamente en la medida en que aquello deja de interesar a quienes deciden lo que es o no es actualidad. Luego, lo que no se asoma por la pantalla deja de existir. Al decir esto, no estamos descubriendo el Mediterráneo. Ese mecanismo es harto conocido y aun así conviene no perderlo de vista.

La ola de solidaridad con Haití, uno de los países más pobres del planeta, desplegada ante las consecuencias del paso del huracán Matthew, no debería velar la memoria de lo mal que se han venido gestionando anteriores episodios, como el terremoto devastador del 2010. En general, pasados los primeros días de gran empatía, la gestión de la solidaridad internacional suele ofrecer bastantes sombras y su seguimiento no resulta nada fácil.

Con todo, la solidaridad no es tan sólo un “sentimiento”; más bien se trata del producto de dicho sentimiento. Ocurre como en la consideración de la poesía en Gabriel Celaya: la solidaridad debe traducirse en hechos. “Gritos en el cielo”, sí; pero “en la tierra son actos”.

Solidario es quien se une a los demás porque considera que existe una comunidad de intereses y responsabilidades. Responsabilidad in solidum (o sea, en la resistencia a las fuerzas que pugnan por deformar, alterar o destruir algo), es, pues, la solidaridad, lo que recae en todos y cada uno de nosotros. Todos deberíamos considerar que viajamos en la misma nave y que la operatividad de la embarcación es garantía para todos los viajeros. La moral del astronauta: desde allá arriba no hay fronteras que valgan, se tiene que actuar en común porque la Tierra es el hogar de la humanidad entera. Y si a lo largo de nuestro viaje por el espacio sideral, salta algún problema, éste más temprano que tarde acabará por afectarnos a todos, independientemente de si nos ubicamos en la sentina o en camarote de primera clase.

Son cosas archisabidas, sí. El viejo Kant acertó a expresarlo en su imperativo categórico. Así más o menos: actúa como si lo que deseas para ti pueda ser generalizable a todo el género humano.
Un ideal ilustrado que está en las antípodas de la moral del cowboy, que devasta etnias, culturas, lenguas, territorios y bisontes bajo el imperio de la ley del más fuerte o la que dicta quien desenfunda más rápido sus pistolas.

Solidarios con los refugiados y los inmigrantes, por lo menos porque, en su momento, también nuestros pueblos han padecido guerras y emigraciones. Y porque respetar los derechos humanos es respetarnos a nosotros mismos y las generaciones futuras (solidaridad intergeneracional), como garantía de vida. Por eso, hasta ahora, es tan poco fiable la UE y el mismo gobierno español, que hace gala de un nacionalismo rampante desde la Moncloa urbi et orbi. La lección que dan, día a día, voluntarios y ONGs de ayuda a los refugiados a orillas del Mare Nostrum contrasta con la pasividad vergonzante de nuestros gobernantes, constructores de muros con afiladas cuchillas. Sin duda, la “marca EspaÑa” mejoraría mucho si, en vez de cacarear los goles de “la Roja”, se dedicaran a realizar hechos solidarios. Por ejemplo, y sería lo mínimo, cumplir con el número de refugiados que se comprometieron a acoger.

 

Joan F. López Casasnovas

9 de octubre 2016