Laura RiberaArtículo escrito por Laura Ribera Barniol, miembro de Justicia y Paz Barcelona, que nos envía desde Alemania.

Noticias de Etiopía

Nos encontramos en el oeste de Alemania. Son casi las siete de la tarde de este otoño frío que acaba de empezar y a mi lado está Chala. Hace un mes que ha llegado al viejo continente europeo pero ya conoce cuatro países. Entró por Polonia y ha atravesado Noruega y Dinamarca, hasta que finalmente pretende establecerse en el país germánico. Busca refugio, asilo, mantener la esperanza lejos de la guerra que está a punto de estallar en Etiopía. Es la primera vez que llega a Europa, sorprendido por los acuerdos de Dublín y, asustado por las circunstancias de su país, decide contarnos su situación.

Hace un año, la situación en su país empezó a cambiar cuando el gobierno representante de la minoría étnica puso en marcha un plan con el objetivo de expandir la capital del país y ceder esos terrenos al capital extranjero. Este plan puso en riesgo las tierras de cultivo de los Oromos, que representan la mayoría étnica del país, que respondieron con una ola de protestas. Esos movimientos en su inicio fueron pacíficos pero la respuesta del gobierno desencadenó una ola de violencia y represión en el país. Hasta hoy, más de un año después, la ONG Internacional Human Right Watch calcula que han muerto en el país casi cuatrocientas personas. Muchas otras han huido. O quién sabe, quizás han muerto en el Mediterráneo intentando buscar refugio en Europa.

Este tema no interesa. ¿Otra guerra en África? Es normal, ¿no? ¿Estamos demasiado acostumbrados? Ayer el gobierno de Etiopía declaró el estado de emergencia después de veinticinco años sin hacerlo. Hay miedo y desconcierto, nadie sabe en este momento cómo acabará la situación. Chala me transmite entusiasmo, está convencido de que los miembros de su grupo étnico, los Orosmo, ganarán la revuelta y controlarán el país. Pero en este momento, no sé si es consciente de su situación. Más allá de dejar a la familia en Etiopía y enterarse de que la policía ha detenido a su hermano por participar en las manifestaciones, su situación en Europa es tanto o más incierta que el futuro del país.

Tras haber entrado por Polonia, las autoridades noruegas y alemanas lo quieren extraditar al país por donde entró. Si vuelve, las posibilidades de recibir asilo son mínimas y las ONG con las que ha contactado le han aconsejado que no lo haga. Ha decidido huir, vive en casa de unos conocidos alemanes que le han ofrecido cama por unos días, no muchos. Necesita saber qué tiene que hacer, quién le puede ayudar, pero no conoce a nadie más salvo esas pocas personas que se ha encontrado por el camino. De momento, es mi nuevo vecino, ya que llevamos casi el mismo tiempo viviendo en Alemania; ni tan sólo he tenido que informar a las autoridades nacionales que me desplazaba, no me han pedido visado, y puedo moverme por aquí libremente. Yo, que mi país no sufre ninguna guerra, ni mi vida corre ningún peligro por motivos étnicos o políticos, lo he atravesado libremente. Él, que la suya tiembla en un país donde dicen que la guerra puede estallar en cualquier momento, sufre los problemas burocráticos de una Europa en retroceso. No sólo él, son muchos los que esperan empezar de nuevo en paz. Pero escribo por él porque tal y como dice “poca gente habla de Etiopía”, no recibimos noticias.

Nuestro té con menta se ha terminado, pagamos y volvemos a casa, ha pasado casi una hora y el cielo ya ha oscurecido. Antes de despedirnos Chala me dice mormi hindabini, que en su lengua significa “no abandones la lucha”. Sigamos.

Laura Ribera Barniol, @rlaurab

9 octubre 2016