Marc GrauArtículo de opinión de Marc Grau, presidente de Justícia i Pau de Terrassa, que nos envía desde Cambridge. 

 

"No necesito dinero sino un cambio"

Estamos instalados con la familia en Cambridge, Massachusetts, desde hace un par de meses. Un lugar ideal para criar a los hijos, según mucha gente. En realidad, lo es. Muchos parques (extremadamente bellos ahora, en otoño), muy buenas escuelas públicas financiadas por la alta renta per cápita de sus habitantes, alto sentido de comunidad, gente de todo el mundo, etc. Cambridge queda separado de Boston por el río Charles, y con poco menos de cien mil habitantes tiene el privilegio de acoger dos de las universidades más prestigiosas del mundo: Harvard i MIT.

Uno podría estar tentado de pensar que en este micro-mundo funciona todo. Pues sí y no. Sí porque un lugar así tiene un poder de atracción de talento imparable, las personas son eficientes, hay mucha apertura de mente, y una cierta predisposición a ofrecer la mano. Pero no, ya que Cambridge, igual que el mundo sufre el mismo problema: la creciente desigualdad entre sus habitantes.

El Índice Gini, que sirve para medir la desigualdad en un territorio determinado, nos lo pone fácil. Sabiendo que el índice se mueve de 0 a 1, un índice 0 se daría en el caso que todos los habitantes del territorio tuviesen el mismo nivel de ingresos, mientras que un índice 1 se daría si un único habitante de ese territorio tuviese todos los ingresos. En el caso del Estado de Massachusetts, el índice Gini, y por tanto la desigualdad, no ha parado de crecer en las últimas décadas: 0,39 (1979), 0,42 (1989), 0,46 (1999), 0,47 (2009) y 0,48 (2013). En el caso de Boston y Cambridge, el nivel de desigualdad es aún más alto, siendo 0,54 en ambos casos. Estos niveles de desigualdad son los niveles que se viven en Mozambique, Nepal o Ruanda.

Nada más llegar, matriculamos a nuestro hijo en la escuela pública. Y algo que me llamó la atención, fue un enlace para las familias sin techo en Cambridge. Pero si aquí no hay familias sin techo, pensé. Pues sí, en la ciudad hay 400 niños considerados sin techo. No tenemos que imaginar a un niño sin techo solamente aquel que duerme en la calle, sino también aquel que vive en un coche, o duerme en un centro estatal. Sea como sea, la situación es dramática y a pesar de que hay que valorar el esfuerzo que hacen tanto las escuelas como el ayuntamiento para mejorar la situación de los sin techo, la desigualdad parece no tener salida. Aquí es donde tiene que entrar la Política con mayúsculas.

A los tres debates presidenciales les ha faltado profundidad y capacidad de articular políticas concretas para revertir el mencionado gran problema de América y del mundo, la desigualdad. Cada día al ir al trabajo, me cruzo con tres personas sin techo, colocados como las tres estrellas del Cinturón de Orión. La primera es una chica de color, siempre —llueva o haga viento, sea la mañana o la tarde— está sentada en el mismo banco, donde duerme, come, y me atrevería a decir que es donde hace sus necesidades. Nunca mendiga, ni molesta a nadie. Sólo está. La segunda es una señora blanca, de mediana edad, con la cara dulcemente curtida por el sol, que apoya la espalda en el ascensor de la estación de metro. En el cartón que lleva dice que es una familia sin techo y que necesita recursos. Sus hijos, ¿son algunos de los 400? La tercera estrella es un hombre blanco, con barba larga, hasta el momento con pantalones y camiseta corta, y siempre tiene agudos letreros de cartón, como el de hoy: No necesito dinero, sino un cambio. Pues eso, para todos ellos y para tanta otra gente sin recursos, que la sociedad civil de hoy y los que gobiernan en cuestión, trabajen para este cambio.

 

Marc Grau

28 octubre 2016