Artículo de opinión de Àlex Masllorens, miembro de Justicia y Paz Barcelona.

 

Un monstruo viene a verme

A medida que vamos digiriendo la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos de América, pasamos de la estupefacción y la incredulidad iniciales a las ganas de entender qué ha pasado exactamente y cómo este hecho (el resultado electoral) puede acabar influyendo en nuestras vidas y, en general, en la evolución del mundo los próximos cuatro (y quizás mucho más) años.

Si lo comparásemos con un proceso de duelo, habríamos empezado con una negación emocional inmediatamente posterior al shock. Enseguida habríamos entrado en la fase de rabia y protesta (con más fuerza e intensidad, como es lógico, dentro mismo de los Estados Unidos, entre aquellas personas que detestan al nuevo presidente electo y creen que representa una involución y un grave peligro para su país) y llegará pronto también la fase de la tristeza (acompañada quizás de ansiedad y temor) y se supone que algún día se entrará a la aceptación intelectual y la capacidad para crecer y madurar a partir de la experiencia.

Claro que no será fácil en absoluto, puesto que normalmente el duelo se da porque una persona que estaba enferma se va y aquí el duelo se tiene que llevar a término por lo contrario, porque una persona se queda. Se rodeará de otras personas extravagantes y peligrosas, hará todo el daño que les sea posible y después, con un poco de suerte, quizás marchará. Pero los efectos de su paso por el gobierno de la primera potencia probablemente permanecerán durante mucho tiempo.

Pero es necesario que pensemos hasta qué punto lo más preocupante de esta elección y de otras que ya se han producido o que se puedan vivir en los próximos meses y años en Europa y Asia (el caso de Filipinas es también extremo), es la alegría irresponsable con la cual millones de ciudadanos occidentales toman partido por propuestas extremas y a veces contrarias a sus propios intereses. Como unos “mensajes pantalla” (make America great again) consiguen ocultar, a los ojos de los electores, unas propuestas ultraconservadoras, que van en la dirección opuesta a lo que les conviene (más equidad, más bienestar, más justicia social...) Sentirse abandonados por el sistema ha llevado a millones de personas empobrecidas a un nihilismo existencial que les ha llevado a apostar por opciones políticas apocalípticas. “Acabaremos con todo lo que había e instauraremos un nuevo régimen que paradójicamente nos llevará otra vez a la casilla de salida, a unos tiempos pasados que siempre fueron mejores.” Detrás de todo esto hay mucho abandono por parte del establishment político y económico, dimisión de las obligaciones de las élites dirigentes (quienes hace tiempo que sólo piensan en enriquecerse) y mucha irresponsabilidad a la hora de aplicar políticas y medidas que sólo les favorecen a ellos.

Son los efectos de una globalización perversa, porque se ha construido contra el interés de la mayoría, a la cual se le ha hecho pagar la factura de la liberalización interesada. Y ahora son estas mismas mayorías las que, en todas partes del planeta, han puesto a la zorra a vigilar a las gallinas.

Habría que analizar qué papel ha jugado la degradación de la educación hasta límites que parecían impensables (una vez más al servicio de unas élites que ellas sí han podido continuar formándose en las mejores escuelas) y la degradación también extrema de los contenidos de los medios de comunicación. ¿Puede una sociedad patológicamente enganchada a Sálvame, al Gran Hermano, a Mujeres y hombres y viceversa... plantar cara a los retos cada vez más complejos a los que hay que enfrentarse?

Y a pesar de todo, desde entidades como Justicia y Paz no nos podemos desanimar ni rendir. Tenemos que superar las primeras fases del duelo y entrar, cuanto antes mejor, en una etapa de creatividad para promover medidas positivas y de recuperación de la ética política. Unos días atrás, el Nobel Paul Krugman, después de reconocer que los dos primeros días siguientes a las elecciones se había tenido que retirar en soledad, incapaz de hablar ni de escribir sobre lo que había sucedido, proponía tomar fríamente el resultado y empezar a preparar la respuesta pacífica y sobre todo democrática de la ciudadanía que no se quiere conformar pasivamente. Una buena parte de la solución tiene que pasar por mejorar la educación de la población y ésta es una materia siempre pendiente en la mayor parte del mundo, y también en nuestro país. Se invierte cada vez menos y probablemente peor.

También sería necesario un análisis muy profundo sobre el papel de los medios de comunicación. No se trata sólo, ni principalmente, de analizar los contenidos de los Telediarios de turno. Es importante que sean equilibrados y veraces, y que expresen el pluralismo de la sociedad, pero donde realmente nos la jugamos, es en los programas de entretenimiento, en los más vistos de la parrilla.

Una sociedad se tendría que poder plantear si la alienación por alienación, la exaltación de la mala educación, el hedonismo y la grosería, la glosa de la picaresca y del vivir “del cuento” las 24 horas del día y ocupando los espacios de máxima audiencia, es una prueba de madurez democrática o el mejor camino para ir directos hacia un régimen autocrático de ciudadanos-títeres. Naturalmente que hay una libertad de expresión y de elección de lo que se quiere ver, pero no podemos olvidar que la televisión tendría que ser un bien público y que tendríamos que poder establecer unos límites a la degradación moral e intelectual que, en mi opinión, ya hace tiempo que se han rebasado con creces. Son los efectos de una combinación perversa: degradación del mercado laboral y del nivel de vida / precarización e indefensión / individualismo y miedo / degradación de la educación / degradación del nivel medio de las televisiones. No podemos limitarnos a observar pasivamente cómo se van empobreciendo las sociedades y las culturas y cómo cada vez el monstruo nos acorrala más.

Àlex Masllorens

21 noviembre 2016