Artículo de opinión escrito por Miquel Àngel Prieto, miembro de la Junta de Gobierno de Justícia i Pau. 

Historia de dos ciudades


Durante las fiestas navideñas la tradicional imagen de la Gran Vía madrileña abarrotada se ha contrapuesto con la, menos habitual, de la prohibición de acceder a la ciudad para la mitad de los coches. Como en el tráiler de una película, el contraste visual anuncia el final del imaginario del crecimiento.

Desde hace décadas, la comparación entre la ciudad de Barcelona y Madrid ocupan regularmente las páginas de la prensa hasta constituir, casi, una sección fija. También los programas de tertulia de muchas emisoras de radio y televisión se hacen eco de informaciones y análisis que subrayan de manera comparada las virtudes y limitaciones de las dos ciudades. 

Ya sea por los resultados de los equipos de fútbol, del número de pasajeros en los aeropuertos, de la inversión de los presupuestos del gobierno central o de la Unión Europea, de la capacidad de acoger unos Juegos Olímpicos o de atraer empresas e inversiones extranjeras la lógica de la competición ha sido la forma habitual de relatar la historia de las dos ciudades. En el fondo, las ciudades se conciben como productos o marcas que adecuadamente empaquetadas y promocionadas se ponen a la venta en el mercado para clientes locales o internacionales. Si omitimos las referencias a los resultados deportivos y a los ránquines educativos (PISA, universidades, investigación...), el discurso predominante nos hace creer que la ciudad que está en lo alto del pódium es la que presenta los más altos indicadores de crecimiento económico y atrae más capitales.

Este relato competitivo del capitalismo triunfante, que también pueden ser útil para las políticas de identidad (Barcelona capital de Cataluña y Madrid de Castilla), deja en la oscuridad indicadores esenciales sobre la vida en la ciudad. ¿En cuál de las dos ciudades hay mayores desigualdades entre sus barrios o un porcentaje más alto de población excluida socialmente? ¿Cuál de las dos tiene un tejido asociativo más extenso y diversificado? ¿Cuál tiene un modelo energético más sostenible y más producción alimentaria de proximidad? ¿Qué ciudad tiene mejores indicadores calidad ambiental?

Éstas son preguntas que tenemos que hacernos cuando pensamos en las ciudades, no como productos sino como lugares para vivir y cuidar a las personas y a nuestro planeta.

Precisamente, las últimas semanas el Ayuntamiento de Madrid ha aparecido en las noticias porque ha limitado la circulación de coches en la ciudad a causa de la contaminación. Esta actuación también merece un análisis comparativo. ¿Sabemos si la contaminación del aire en Barcelona es menor o si el gobierno local ha diseñado y está dispuesto a activar un protocolo de respuesta ante situaciones de riesgo para la salud?

En conclusión, animo a ampliar el debate y el relato sobre las dos ciudades para que no se reduzca solo a presentarlas como nodos clave de la globalización económica sino también como ejemplos de las consecuencias y de las posibles respuestas locales ante la crisis ecosocial.

 

Miquel Àngel Prieto

16 enero 2017