Joan Gomez EdO

Artículo de Joan Gómez i Segalà, miembro de Justícia i Pau de Barcelona.

A lo largo de los años, he visitado muchas comunidades religiosas y de todas ellas he aprendido algo. Pero hoy voy a contaros un diálogo en un oratorio islámico que no entendí bien hasta mucho tiempo después.

Saludé al imán y, avanzada la conversación, le pregunté por su función en la comunidad. Él se me sinceró con ejemplos concretos. “Yo intento que los hombres sean responsables en su trabajo, que las mujeres cuiden bien a sus hijos, que los jóvenes sean aplicados en la escuela…”. Pensé que su explicación no se alejaba mucho de la que me podría dar un rector de pueblo. Pero, de repente, su argumentación dio un giro inesperado. “Porque está claro –añadió- , mis fieles vienen mayoritariamente del Magreb, y muchos se desorientan al llegar a una sociedad cristiana en la que los jóvenes se emborrachan cada fin de semana, los hombres sólo piensan en hacerse ricos y la mujeres son infieles a sus maridos. Yo procuro protegerles del cristianismo”.

En aquel momento me reí por lo bajini. Virgen santísima, ¡cuánta ignorancia!

Aquella tarde volví a casa pensando que aquel musulmán tenía tan interiorizados los conceptos dar-al-Islam y dar-al-Harb (casa del Islam y tierra del Infiel) que él consideraría que había salido de un país islámico para ir a un país cristiano, e interpretaba toda la realidad de aquí desde esa perspectiva.

Aquella semana me di cuenta de que, ajeno a los discursos de los intelectuales sobre la descristianización, no le faltaban motivos para considerar a nuestro país como cristiano. Desde los aspectos más populares (fiestas mayores en fechas de sus santos patronos e iniciadas con un oficio solemne, los nombres de la mayoría de los ciudadanos, nomenclátor de calles y ciudades) hasta ejemplos más oficiales (festivos católicos, asignatura de religión en la enseñanza pública y titularidad de muchas escuelas concertadas, la casilla en la declaración de la renta…), todo empuja a los ojos legos a ver cristianismo. En este sentido, es normal que el Ayuntamiento instale un pesebre en Navidades y que la televisión pública retransmita la misa cada semana. ¿Cómo podría ser de otra manera?

Aquel mes, fui recordando que el fenómeno de la secularización sólo se da en Europa, y que está significativamente avanzado en los países nórdicos y en Cataluña. Esto no significa que aquí la religión retroceda, sino que intentamos que no se mezcle con las esferas política, cultural y educativa. Visto el contexto, es una idea singular, y si está permitido decirlo así, bastante peregrina. ¿Cómo vamos a separar la identidad religiosa del resto? ¿Y las tradiciones religiosas del resto de costumbres? La laicidad tan solo adecuada para las administraciones y, aun así, cuán difícil resulta aplicarla de forma justa.

Aquel año fui asumiendo que la distinción entre países islámicos y países cristianos no está extendida solamente entre los inmigrantes procedentes de países poco secularizados. Entre nosotros, está extendido el argumento simétrico, que nos lleva a menudo a oír hablar de “ellos” y de “nosotros” como dos colectivos reconocibles y diferenciables. ¿Quién no ha oído cuestionar por qué tenemos que respetar “su” religión si en “sus” países no se respeta la “nuestra”? ¿Quién no ha oído hablar del Islam como una religión violenta? ¿Quién no ha oído condenar una mala conducta de un vecino magrebí atribuyéndole una fe islámica que no le hemos preguntado si profesa? ¿Quién no ha relacionado los contendientes sirios con un modelo de Islam mientras obviaba el cristianismo de los norteamericanos, rusos y europeos?

Cuándo vuelva a oír que alguien atribuye las malas conductas a las religiones de otro, no volveré a reírme. Recordaré que yo también había supuesto que el error de aquel imán era debido a su origen o a su religión. Yo, como el imán, también tengo que deshacerme del prejuicio contra las demás religiones. En cambio, de la soberbia de creerme sabiondo, sólo me tengo que confesar yo.

Joan Gómez i Segalà