Alex Masllorens EdOArtículo de opinión de Àlex Masllorens, miembro de Justícia i Pau Barcelona.

 

Carles del Diari de la Pau

El funeral del periodista Carles Capdevila en su pueblo natal fue emotivo y espacio de encuentro y reencuentro de centenares de personas, muchas de las cuales habíamos compartido con él y con Eva, su compañera, momentos bien distintos. No hubo un recuerdo explícito al Carles pacifista ni a la experiencia del Diari de la Pau durante la primera guerra del Golfo Pérsico, pero habría sido un acto de justicia haber mencionado el papel clave que él tuvo en la publicación del semanario durante las semanas que duró aquella guerra brutal y absurda.

Fue Carles quien tuvo la idea y quien nos convenció, a todo un grupo de periodistas escépticos, que aquella locura era posible. Es cierto que ya nos habíamos reunido algunas veces, meses antes de la guerra, para meditar sobre la viabilidad de generar un periodismo alternativo, desvinculado de las grandes empresas mediáticas; y eso ayudó a llevar adelante el Diari de la Pau. Había un núcleo de personas jóvenes que compartían algunos ideales comunes, desde posiciones políticas varias. Pero sacar a la calle cien mil ejemplares en menos de una semana fue toda una proeza, sobre todo si se tiene en cuenta un contexto en el cual el resto de medios cayó en el garlito en una especie de atracción fatal, admirativa y acrítica del despliegue de medios tecnológicos y del lanzamiento de toneladas y toneladas de bombas en vivo y en directo. Puro papanatismo.

En una época en la cual aún existían el offset y las galeradas en papel, y los carretes de fotografía... y los lectores tenían que enviar las cartas, los dibujos, las colaboraciones... a un apartado de correos (!). No existía el correo electrónico.

Y ya que he hablado de papanatismo, no puedo dejar de comentar una (mala) anécdota del funeral de Carles. En la quinta fila, justo detrás de Carles Puigdemont, estaba sentada una mujer mayor, vestida de manera elegante, con un aparente status social y económico. Grabó con su móvil toda la ceremonia, con panorámicas, primeros planos... sin ningún respeto a los derechos y a la intimidad de los asistentes y menos aún al dolor de los amigos y familiares que intervinieron. Como si estuviera asistiendo a un espectáculo, sin autocontrol ni sentido del ridículo, sin capacidad de conmoverse por aquello que estaba viviendo. Cada vez parece más que tener cualquier herramienta en las manos nos da derecho a usarla como nos apetezca. Lo describió muy bien Neil Postman: "Divirtámonos hasta morir".

Àlex Masllorens