Miquel Angel Prieto EdOArtículo de opinión escrito por Miquel Àngel Prieto, miembro de Justícia i Pau Barcelona.

 

Declaración de renta, entre el cálculo personal y la virtud ciudadana

Acaba la primavera y también el periodo establecido por la Agencia Tributaria para presentar la declaración sobre el Impuesto de la Renta de las Personas Físicas (IRPF). La obligación de declarar es una de las expresiones modernas de la relación entra el Estado y las ciudadanas, pero también nos sirve para ir más allá del cálculo personal de los ingresos y pérdidas de esta relación y explorar la red de relaciones humanas, acciones y valores que movilizan.

Hace unos días, leía en una novela que unas vecinas de una pequeña ciudad sueca animaban y ayudaban a sus conciudadanas a elaborar la declaración de renta. Nuestra sociedad ha impulsado iniciativas como los cuerpos de bomberos voluntarios o el voluntariado lingüístico, entre otros, pero no puedo imaginar a personas dispuestas al “voluntariado fiscal”.

Algunos, tan solo oír los términos, declaración de renta, sentimos inquietud, incluso si el resultado esperado es la devolución, o si compartimos los objetivos redistributivos de los impuestos. Las razones del malestar pueden ser diferentes: desafección hacia el Estado, percibido como ajeno, poco efectivo, o permisivo con los corruptos; rechazo de las obligaciones impuestas externamente; complejidad excesiva del formulario (acentuada por la brecha digital); desconocimiento o desacuerdo con el destino de los impuestos (p.ej. el gasto militar)...

Sin embargo, propongo repensar el cómo y el porqué de la declaración de renta para tratar de moderar o transformar esta disposición negativa.

Durante la revisión anual de nuestros datos de ingresos y deducciones podemos pararnos un momento, adoptar una nueva perspectiva, más allá del frio cálculo económico, y redescubrir dimensiones valiosas de aquella actividad, que ahora declaramos. ¿Cuál es el origen de nuestras rentas? ¿La renta obtenida es lo único valioso de la actividad remunerada, o como dice el proverbio, confundimos “valor y precio”? ¿Dedicamos parte de la renta a entidades o causas que nos importan? ¿Calculamos la deducción que supone esta aportación, o también nos preguntamos honestamente por el impacto logrado por la entidad? Además de la cuota o donativo, ¿participamos en la vida asociativa?

Por otra parte, si nos importa el bien común, un Estado con suficientes ingresos es una de las herramientas más efectivas para llevar a cabo políticas que mejoren la sociedad. Desde este punto de vista, conocer las normas fiscales no es una forma para evitar pagar más sino para comprender la manera en la que la tributación permite concretar valores, como la solidaridad, o financiar las políticas de bienestar, entre otras.

No sugiero que una disposición más positiva ante la declaración de renta conduzca a un voluntariado fiscal a la sueca. Son muchas las diferencias. En Suecia tan solo el 16% de las personas consultadas están muy en desacuerdo o en desacuerdo con la afirmación: “La mayoría de las veces podemos confiar en la actuación adecuada de los gobernantes”, mientras en la sociedad española lo afirman más del 62% (datos de 2014 del Programa Internacional de Encuestas Sociales). Pero la bien justificada desconfianza ante la política institucional no basta para la anomía social y para desaprovechar la oportunidad de reivindicar valores, modelos de sociedad y cambios en la relación entre el Estado y las ciudadanas.

No tenemos voluntariado fiscal, pero iniciativas ciudadanas como la objeción fiscal al gasto militar o la Plataforma por una fiscalidad justa ambiental y solidaria utilizan el eco masivo de la tributación obligatoria para promover el debate público y denunciar las prácticas de fraude. Nos recuerdan que la declaración del IRPF no es mero cálculo del interés particular sino ejercicio colectivo de virtudes cívicas.

Miquel Àngel Prieto