Articulo de opinión de Josep Maria Fisa, consiliario de Justícia i Pau Barcelona.

 

Signos de los tiempos

Todos los procesos de cambio, sociales, culturales y políticos, tienen un sustrato profundo que es preciso saber discernir, como alertó Juan XXIII, justo antes de emprender el inmenso trabajo del Concilio Vaticano II. Él mismo observaba frente a los cambios que proponían los movimientos sociales, en la construcción de los estados socialistas, que no se podía ser miope frente a los valores genuinamente humanos, y por tanto, asumibles desde el evangelio, aunque esos mismos movimientos o estados se considerasen ellos mismos, al margen de la fe.

Por eso, después de la proclamación de la República Catalana del viernes y la inhabilitación/cese de los altos cargos del Gobierno del sábado, por parte del Estado español, y sin poder aclarar los nuevos escenarios que cambian tan rápidamente, me gustaría poder indicar aquellos valores que han ido surgiendo en el conjunto de la ciudadanía movilizada. Ni están todos, ni he querido subrayar los aspectos negativos y los riesgos que estos cambios también comportan.

Un movimiento mayoritariamente pacífico que se ha mostrado persistente y ejemplar. Las grandes movilizaciones han partido de la consciencia personal de un compromiso que era necesario hacer visible externamente y conjuntamente. La estética festiva y teatral de muchas de ellas eran la expresión de sentimientos y voluntades arraigadas y compartidas.

Tras los actos más o menos multitudinarios, hemos podido comprobar que muchos de los participantes, se alimentaban de círculos y espacios más pequeños de grupos y entidades y asociaciones, que lo habían preparado todo, como quien prepara un encuentro, invitando a los demás a ser partícipes y disfrutarlo.

Los símbolos y las gesticulaciones han tenido una escenificación a menudo, casi ingenua, infantil, porque no eran acciones a la contra, sino manifestaciones de una voluntad colectiva que se quería ganar visibilidad entre nosotros mismos, y de cara a los otros, con alegría y espontaneidad familiar. Deseos colectivos que habían ido quedando amortiguados y que ahora tenían la posibilidad de emerger. Las entidades y colectivos que han liderado "esta larga marcha ciudadana" lo han hecho desde la participación, desde la creatividad, desde una deseada transversalidad, desde el respeto a todos los que se querían sumar, sin clasificaciones previas o discriminaciones de sensibilidades. Una red amplia y capilar por todo el territorio.

Las palabras clave que han expresado el perfil de las movilizaciones han priorizado valores como Paz, Democracia, Libertad, Voluntad de decidir, Participación, Diálogo, Vía hacia a, Futuro, Pueblo, Cohesión, Justicia social, Respeto, Dignidad, Resistencia pacífica frente a los ataques tanto físicos como mediáticos. Por eso se hace más incomprensible que se hayan detenido a personas, los Jordis, que han hecho suyos estos valores, los han liderado y los han convertido en un compromiso personal y colectivo de servicio. ¿Cómo es posible querer juzgar y castigar a esas personas?
El camino recorrido hasta aquí, ha comportado una maduración impensable hace unos años de debate social y político en todos los ámbitos y niveles, especialmente concentrados en los medios de comunicación y en las redes sociales. Como en otros temas que comportan visiones y sensibilidades diferentes y contrastadas, se han producido consensos y disensiones difíciles. Y el diálogo, que es fruto de la escucha y de la empatía, a menudo no ha sido posible ni desde abajo ni desde arriba.

Se han incorporado a la plaza de la ciudadanía, sectores sociales que vivían muy ignorados unos con otros. Desde el mundo rural a los barrios periféricos, desde las capas más acomodadas a las entidades y familias más populares. Todo el mundo se ha visto involucrado. Y muchas personas, por primera vez en su vida, se han sentido llamadas a dar su opinión y a hacer oír su voz en muchos medios y de muchas maneras. El deporte y la música. Las escuelas y las fábricas. Derechas e izquierdas. Todos los oficios y gremios. La religión y la cultura. El arte. Los actores y los comunicadores. Los bomberos, los campesinos. La sanidad y la administración...

La experiencia personal, desde un barrio metropolitano y desde la relación con muchas personas de convicciones y posturas muy variadas, no comparto la profecía calamitosa —y quizás un poco interesada— de la fractura social. Las diferencias a menudo son incómodas, y a veces, dolorosas, pero no llevan inexorablemente a la ruptura afectiva y al enfrentamiento ni tan sólo verbal. Se abre la gran oportunidad de un amplio debate —que ya existe— de confrontación leal y dialogante, para construir una sociedad más respetuosa, más humana y madura. Más libre, más social y fraterna.

Josep Maria Fisa