Articulo de opinión de Josep Maria Fisa, consiliario de Justícia i Pau Barcelona.

 

Migrantes y refugiados

Los mensajes con motivo de la Jornada Mundial de la Paz¬ —hasta ahora 51— siempre han tenido un estilo más directo y concreto que otros mensajes pontificios. Con más frescor y tocando temas relacionados con los problemas de la Paz en nuestro mundo tal y como Pablo VI inspiró para el conjunto de la Iglesia, que quería más comprometida con la realidad.

El gran problema de nuestro tiempo, insiste el Papa Francisco, es la fractura de nuestro mundo, mucho más profunda que las grandes fallas geológicas, que atraviesan de norte a sur el planeta, y que provoca violencias fratricidas crónicas y mantenidas con graves consecuencias. El mismo Papa pone cifras: 250 millones de personas emigrantes y refugiadas.

No son las causas naturales que provocan los grandes desastres humanitarios, sino las causas humanas evitables. Por acción querida e incluso programada, por omisión, o por inconsciencia imperdonable. Cada vez es más clara y perversa la responsabilidad de los grandes consorcios internacionales en la explotación de toda clase de recursos, que empobrecen a las poblaciones más desfavorecidas. Pero las poblaciones ricas son los cómplices necesarios activos, a menudo inconscientes o desmemoriados.

Las poblaciones que emigran lo hacen porque huyen de las guerras, del hambre, y de la desesperanza. Buscan un futuro para ellos y para sus hijos. Y llevan con ellos, dice el Papa, la riqueza de sus capacidades, de su cultura, de sus anhelos y proyectos.

El obispo de Tánger, Mn. Agrelo, no se cansa de denunciar la vergonzosa cerca, toda ella repleta de cuchillas, en la frontera sur del continente. Es una de las puertas que van a Europa, aspiración de tantos miles de subsaharianos, donde se estrellan una y otra vez, como si fuesen insectos peligrosos para nuestra salud. Nosotros, los europeos, que nos hemos enriquecido codiciosamente con sus riquezas materiales y humanas durante siglos.

En la carta de Navidad, del 27 de diciembre, Santiago Agrelo hace esta denuncia clara y contundente:

"Una moral políticamente correcta, halagada para dar una seguridad engañosa, ha hecho que nuestra sensibilidad ponga el grito en el cielo por un gato atrapado en un árbol o en un tejado, y duerma sueños tranquilos ante miles de hombres y mujeres concentrados sin piedad en el horror de los caminos de una emigración forzada y no regulada. Nuestro compromiso con los pobres exige que denunciemos, tanto esa moral de salón como la moral desencarnada que con demasiada frecuencia predicamos los que nos sentamos en la cátedra de Moisés. Queridos, muchas veces he intentado ejercitar con vosotros una mirada contemplativa: la que pone a la luz de la fe la vida de los pobres. Contemplados bajo esa luz, ellos son los hijos para los que Dios reclama la mayor atención; ellos son nuestra propia carne; ellos son el cuerpo de Cristo; ellos son el Señor que llama a nuestra puerta y nos pide ayuda; ellos son ocasión inesperada y sorprendente que se nos da de acoger a Dios. Esa mirada contemplativa anula en nosotros toda justificación para la indiferencia o el rechazo de los pobres. Esa mirada contemplativa nos sitúa en los caminos de los emigrantes y los refugiados, en las fronteras que se les cierran, en las pateras a las que suben, en los infiernos a los que son condenados. Esa mirada contemplativa va más allá de razones económicas, políticas o religiosas. Sí, he dicho también “religiosas”. Pues —somos testigos de ello— se han hecho escandalosamente numerosos los que, por mantener la supuesta identidad religiosa —la identidad cristiana— de una sociedad, de una nación o de un continente, justifican el sufrimiento de los pobres, el abandono al que son entregados los hijos de Dios. Pobres razonadores ciegos; ¿cómo se puede mantener una supuesta identidad cristiana maltratando realmente a Cristo en sus hermanos pobres?”

El mensaje del Papa lleva este título: “Migrantes y refugiados. Hombres y mujeres que buscan la paz”. ¿Y nosotros?


Josep Maria Fisa