Joan Gomez EdOArtículo de Joan Gómez i Segalà, miembro de Justícia i Pau Barcelona.

No hay democracia sin demócratas ni dictadura sin fascistas

Al analizar los sistemas democráticos es habitual fijarse mucho en la normativa y los mecanismos de control entre los diversos poderes y poco en la cultura política de los distintos actores. Pero el funcionamiento del sistema sólo es correcto cuando todos los poderes tienen una actitud apropiada. En este sentido, sólo es preciso que uno de los sectores no colabore lealmente con el sistema para que se produzcan abusos que deterioran la convivencia.

Si la mayoría de electores quieren partidos populistas, como ha sucedido en Italia, o no penalizan a los partidos corruptos con muchos centenares de cargos electos imputados, como pasa en España, la democracia no funciona. Si la prensa aúpa al populismo punitivo en lugar de favorecer una política de reinserción, la democracia no funciona. Si la judicatura no remueve la mentalidad dictatorial y sigue las directrices de partidos ultraderechistas extraparlamentarios como Vox incluso en contra de la fiscalía, la democracia no funciona. Si el Tribunal Constitucional no respeta el pacto constituyente que obliga a que los Estatutos de Autonomía estén avalados tanto por las Cortes como por el electorado de la comunidad autónoma, la democracia no funciona. Si el jefe del Estado no electo antepone la imposición por la fuerza de la ley elaborada en un contexto franquista por encima de la profundización democrática, la democracia no funciona.

La recuperación de la Generalitat de Cataluña el año 1977 fue fruto de la presión popular y de la negociación estatal con las fuerzas democráticas. Esto contrasta con muchas otras instituciones españolas creadas desde el poder y, por lo tanto, a su servicio. “Libertad, amnistía y estatuto de autonomía” era el clamor de una sociedad que exigía democracia como única forma de lograr la convivencia. Y esta ciudadanía no ha dejado de organizarse para que el sistema esté mejorando permanentemente y sirva al conjunto de la ciudadanía. Esta es la única manera de conseguir que la democracia no se convierta en un armazón formal sin redistribución de poder real. A la democracia no les basta con los electores: requiere demócratas activos.

Si la democracia necesita demócratas para consolidarse, las dictaduras también necesitan quien las promuevan. Y el proceso republicano en Cataluña no es sólo la respuesta a la falta de expectativas o a la incomprensión de las instituciones españolas a su singularidad. La transición hacia un nuevo Estado también es la reacción al fascismo latente durante años y que se ha desatado de manera desacomplejada en los últimos meses.

Los partidarios de la unidad de España son los únicos que han disparado a los vecinos con escopetas. Los españolistas son los únicos que han pegado a peatones que enseñaban signos de solidaridad, incluso mujeres y niños. Los ataques ultras como el de la sede cultural Blanquerna de Madrid, el asedio a una asamblea de cargos electos en Zaragoza o las palizas al final de las manifestaciones de Sociedad Civil Catalana no son investigados o no son condenados o las penas no se cumplen.

Niego rotundamente que esté asimilando todo el unionismo al fascismo, pero no se oyen voces críticas españolas que rechacen la justificación de la fuerza contra las propuestas a favor de las soluciones democratizadoras mayoritarias en Cataluña. ¿Estas voces no existen o son silenciadas? La impunidad del fascismo del último medio año en Cataluña sólo es comprensible con el concurso de la violencia policial por parte del gobierno estatal (primero con los cuerpos estatales y, con la aplicación del 155, también los Mossos), la arbitrariedad de la judicatura, la complicidad de los mayores medios de comunicación y el amparo del Borbón en el discurso del 3 de octubre.

El problema no es la obsolescencia de la Constitución. Cuesta un poco más exculpar las instituciones que no han concebido la Carta Magna como base de la democracia sino como tope y, en consecuencia, no han favorecido su papel como garante de la convivencia sino como coartada por la acumulación del poder, que ha preservado en unas mismas familias. Ahora bien, el problema grave es la falta de un pueblo preparado para hacer frente al deterioro institucional. Si dos pueblos con culturas políticas tan distintas no se ponen de acuerdo en cómo regenerar juntos la democracia, tienen que encontrar alternativas que les permitan avanzar cada una a su ritmo. Si alguna vez encontráis un demócrata dispuesto a utilizar la fuerza para imponer su idea de democracia, alejaros de él. Ni que compartáis su idea de democracia. A la democracia no les basta con los electores: requiere demócratas activos.



Joan Gómez i Segalà