Fernando Gomez EdOArtículo de Fernando Gómez Carvajal, miembro de Justícia i Pau Barcelona.

Cuarta revolución industrial: retos y oportunidades

De la mecanización gracias, entre otras, a la máquina de vapor, a la plena automatización de la manufactura gracias al perfeccionamiento de los robots y a la inteligencia artificial (AI en inglés). Entre la primera revolución industrial y la última que estamos a punto de presenciar sólo han pasado 250 años, una etapa que en perspectiva histórica puede parecer breve pero que en términos socioeconómicos representa el mayor periodo de progreso vivido nunca. Pues bien, todo esto puede volverse anecdótico en un futuro ante el cambio de paradigma que está suponiendo el proceso de la transformación digital, empezando por el mercado laboral hasta llegar al bienestar ciudadano.

Una de las primeras preocupaciones que surgen es, como decía, cuál será el grado de ocupación previendo un efecto sustitución del empleado por la máquina, mientras que hasta ahora había servido para mejorar las condiciones del puesto de trabajo. El pensamiento rápido nos trae a relacionar este proceso con la eliminación de trabajos poco cualificados, pero lo que demuestran estudios recientes es que la variable no es ésta sino cuan rutinario es este trabajo. En otras termas, es verdad que hay trabajos muy cualificados relacionados con el diseño y desarrollo tecnológico que pueden salir beneficiados, pero también es verdad que hay trabajos poco cualificados (y poco remunerados) donde prima el factor humano, por ejemplo la atención sociosanitaria, que tienen la oportunidad de aprovechar este elemento diferenciador y ver mejoradas sus condiciones laborales. Por lo tanto, las previsiones catastróficas, que hablan de la desaparición de millones de puestos de trabajo, ¿a quiénes se refieren? A los trabajos más burocráticos y procedimentales, como por ejemplo el sector financiero. Uno de los motivos de la actual reestructuración de personal que están llevando a cabo las entidades bancarias es su proceso de digitalización. Estamos presenciando una redistribución del tipo de trabajo. Por otro lado, también hay que destacar, cómo ha sucedido con cada revolución industrial, que la eliminación de algunos tipos de trabajo ha ido acompañada de la aparición otros relacionados con nuevas actividades económicas. Una mayor productividad genera mayores ingresos y en último término una mayor demanda, permitiendo a nuevos sectores absorber la población desocupada. Sin embargo, para poder ocupar la demanda de este nuevo perfil laboral tenemos que estar preparados. Si hablamos a escala empresarial, no hay ninguna redistribución sino la obligatoriedad de ser líder en productividad y en una elevada inversión en capital intangible para poder tener un asiento en este tren.

En la misma situación se encuentran los estados. Quien mejor ha entendido la situación y tiene más capacidad para preparar su economía al salto tecnológico son los países emergentes, que no tienen una clase media de la que preocuparse y los condicione políticamente, de forma que pueden aprovechar el crecimiento económico por reinvertir en sectores líderes y hacer el salto directo. En los países tradicionalmente avanzados, la evolución es desigual. Un indicador de reciente creación, el índice de digitalización (DEO en inglés), fija que los países en vanguardia son Estados Unidos, Reino Unido y Suecia. Ante esta desigualdad y retraso por parte de algunos, como el estado español, hace falta que la administración y los actores sociales se pongan de acuerdo para empezar a trabajar unidos con el objetivo de adaptarse a los nuevos acontecimientos. A nivel político el referente aquí, como ya empieza a ser costumbre, es Alemania, al ser el primer país en establecer la revolución 4.0 en la agenda de gobierno como “estrategia de alta tecnología”. Hay un conjunto de iniciativas que hay que emprender. Desde la administración tiene que existir una apuesta clara por la investigación y desarrollo, con unos niveles de inversión elevados. La crisis económica de la cual nos escapamos lentamente ha reducido drásticamente los ingresos de los centros de investigación, que ya de por si eran escasos, y por eso hay que volver a aumentar el porcentaje del PIB destinado (1,19% ESP) hasta por lo menos la media de la UE (2,03%). También hay que llevar a cabo una modernización de la base, el sistema educativo tiene que preparar los y las jóvenes en capacitaciones técnicas. Pero no sólo hay que pensar en los que se incorporarán al mercado de trabajo en el futuro sino también los que están ahora y que precisamente son los que entran en conflicto con la digitalización. La mejora en la productividad de las empresas tiene que pasar también por más formación a sus empleados, tienen que adquirir nuevas habilidades para que sepan trabajar con las nuevas tecnologías y se complementen mutuamente.

Aun así, a pesar de que institucionalmente se lleguen a realizar todos los cambios necesarios para adaptarse a los nuevos tiempos, es seguro que habrá un sector de población que, por edad, falta de cualificación o rechazo al progreso, no podrá lograrlo. Es entonces cuando aparece el debate de ofrecer una renta garantizada porque estas personas puedan cubrir sus necesidades dignamente y contribuyan a una mínima dinamización económica a pesar de ser promovida artificialmente. Muchos economistas de tertulia se aventuran a posicionarse y dar predicciones, pero lo cierto es que todo dependerá de qué papel queremos lograr ante este fenómeno. En el ámbito catalán, donde la clase media se ha visto gravemente afectada por la crisis económica y hemos visto crecer la precarización del ámbito de servicios hasta unas cuotas alarmantes, el reto de la cuarta revolución industrial puede servir para coger impulso de nuevo y trabajar por una economía avanzada y competitiva en sectores de valor añadido, que generen lugares de trabajos cualificados y que, en definitiva, acabe traduciéndose en un mayor bienestar para la ciudadanía tanto desde la capacidad adquisitiva personal como desde la oferta de servicios públicos. Para conseguirlo, como mencionaba antes, es clave el establecimiento de un acuerdo social entre las instituciones, el sector empresarial y los centros de conocimiento que prepare el país para realizar un cambio en su estructura productiva. Es el momento.




Fernando Gómez