Artículo de opinión de Maria Martín Goula, colaboradora de Justícia i Pau.

Cuotas de género sí, ¡pero al revés!

El mundo se mueve por la paridad de género. Hace casi un mes, la ministra Carmen Calvo anunciaba que por ley se obligará a que los consejos de administración de las grandes empresas tengan al menos el 40% de personas representantes de un género. Igualmente, el Estado de California aprobó la ley SB826 con el mismo objetivo: obligar a la paridad de género en los consejos de empresas públicas y así acercarse más a la igualdad de género y reducir la brecha salarial. Sin lugar a dudas, estas leyes son fundamentales y han dado resultados positivos en varias partes del mundo y también han contribuido a reducir la brecha salarial. A pesar de estos beneficios, las leyes de cuotas de género, tal y como están planteadas, no dejan de ser una manera de reforzar la idea de que hay unos roles más valorados —a los que se refieren las leyes, como ahora los consejos de empresa y cargos políticos— que han sido tradicionalmente ocupados por hombres.


La lógica que se esconde detrás de las leyes de cuotas de género no es totalmente igualitaria, pues recoge el privilegio masculino como el más deseable y anima a las mujeres a equipararse a los hombres y aspirar a este privilegio. Cuando hablamos de leyes de cuotas de género, pensamos en apoyar a las mujeres a entrar en el ámbito laboral o la esfera pública. Las mujeres están cargando todo el peso de la batalla por la paridad, adoptando roles y posiciones que han sido asignadas tradicionalmente a los hombres. El argumento es feminizar estas esferas para crear más contextos de paridad. Pero como sugiere el profesor Marc Grau i Grau esto es sólo la mitad del camino.

Del mismo modo que se apoya a las mujeres a entrar en los espacios tradicionalmente masculinos, hay que apoyar a los hombres a entrar en los espacios tradicionalmente femeninos. La paridad es un camino de doble vía, en donde los privilegios de hombres y mujeres deberían estar equitativamente distribuidos, sin miedos ni barreras sociales. Por eso, las leyes de cuotas de género deberían contemplar mecanismos que apoyen a los hombres a apoderarse de los espacios tradicionalmente menos valorados y dejados a cargo de las mujeres. La idea de las cuotas al revés implicaría quizás, enfatizar los incentivos a las empresas para la conciliación familiar por parte de los hombres, de manera que no solo las mujeres entren en los consejos de las grandes empresas, sino que también los hombres disfruten del privilegio de desarrollar su proyecto familiar.

Aunque son beneficiosas, las leyes actuales dejan a las mujeres en una clara desventaja porque las incentivan a participar en contextos masculinos por inercia. Son una manera de dar continuidad a valorar más lo que han estado haciendo los hombres que lo que han estado haciendo las mujeres en las esferas tradicionales del género. Se quedan cortas en incentivar a los hombres a participar en contextos femeninos por tradición. La idea que transmiten es que es más privilegiado asemejarse a un hombre que a una mujer.

La literatura ya propone una igualdad de doble vía; pero, como sugiere Grau i Grau, hay que pasar de la revolución cultural a la conductual. No solo hay que dar permisos de paternidad, sino que también hay que empujar a los padres a tomarlos. Una mirada desde la doble vía sería beneficiosa para toda la sociedad.

 Maria Martìn Goula (29 d`Octubre de 2018)