Drets humans partidistes EdoArtículo de Joan Gómez i Segalà, miembro de Justícia i Pau Barcelona.

¿Los derechos humanos son partidistas?

Caso

Najima debe ser muy competente en su puesto de trabajo. Su jefe le ha ofrecido dejar de ser operadora de máquina para contratarla como comercial. Es todo un reconocimiento a su profesionalidad y a la confianza que se merece. Sólo le pone un requisito: renunciar a ataviarse con el pañuelo.

Dilema

Antes de juzgar la actitud del jefe (¿es ético o interfiere su intimidad? ¿es legal o comete discriminación? ¿la hipotética pérdida de ventas es probable o imaginaria? pensemos qué le recomendaríamos a ella. Quizás utilizaríamos argumentos materialistas: ¿no es mejor un ascenso que un velo? Quizás usaríamos argumentos pragmáticos: ¿no vale la pena aprovechar la oportunidad que una mujer musulmana ascienda aunque la fe pierda visibilidad? Quizás argumentos maximalistas: ¿una promoción justifica renunciar a los principios?

 

Generalización

Al fin y al cabo, nuestra pregunta denotará a qué equiparamos el velo de las musulmanas: ¿es como un tatuaje o es como un embarazo? ¿Entendemos que causa mala impresión, que da pie a perder clientes o perjudica la imagen de la empresa? ¿O entendemos que la manifestación de la propia religión es el ejercicio de un derecho, como el embarazo, que tenemos que defender para que la lógica mercantil no dirija nuestras vidas? ¿Justificamos que se despidan las embarazadas o luchamos para que las empresas modifiquen las prácticas que conllevan el retraso de la maternidad?

En la medida que aceptemos que las empresas discriminen por embarazos o hiyabs, no sólo coaccionamos a las trabajadoras, sino que apuntalamos un mercado de trabajo misógino, que deja perder talento a cambio de perpetuar estereotipos impropios de una sociedad diversa y globalizada.

 

Extrapolación

Estas prácticas discriminatorias hacia mujeres emparejadas en edad fértil o personas que expresan ostensiblemente sus creencias, como las musulmanas o los sijs, llevan a plantear que la defensa de los derechos no es un combate sectorial que afecta a una minoría. Combatir la conculcación de derechos, no es un deber de las víctimas, sino una necesidad de toda la sociedad: son del todo inaceptables para el conjunto de la sociedad las consecuencias de que las mujeres tengan un techo de cristal, que los fieles tengan que disimular sus creencias, y también tantos otros agravios como que las lesbianas escondan su afectividad, que alguien tenga prohibido el acceso a la sanidad pública, que se prohíba a los barcos de rescate salir del puerto o que nuestros instituciones tengan que renunciar a mostrar la solidaridad con los presos políticos.

Que las musulmanas lleven hiyab no incentiva el enfrentamiento entre religiones, sino que visibiliza la libertad religiosa. ¿Qué institución se opone a esta meta?

Que las feministas lleven lazos violetas no va contra los hombres, sino que reivindica que hombres y mujeres tengamos los mismos derechos y oportunidades. ¿Qué institución se opone a esta meta?

Que los ayuntamientos cuelguen pancartas con el Arco Iris no pretende promover la homosexualidad, sino erradicar la discriminación por motivos de orientación sexual. ¿Qué institución se opone a esta meta?

Que los independentistas luzcan lazos amarillos no es contra España, sino a favor de un aparato judicial independiente y que trabaje con los mismos baremos que el resto de justicia europea. ¿Qué institución se opone a esta meta?

Que algún sector social no comparta un símbolo, no significa que este símbolo sea partidista. Que exista una parte de la ciudadanía, aun siendo muy poderosa, que no comparta el respeto a los derechos humanos y a la democracia no implica que se tenga que renunciar por mor de la neutralidad, sino que obliga a redoblar los esfuerzos. La democracia no es un estadio que se logre de una vez por todas: en verdad, es un proceso que hay que construir, revisar y profundizar permanentemente para que no se anquilose.

El poder hegemónico (heteropatriarcal, estatal, islamófobo, etc.) pretende polarizar forzando que las luchas de liberación parezcan sectoriales, cuando en realidad liberan víctimas y verdugos. Impone la censura bajo la apariencia de neutralidad para atajar toda crítica legítima.

La injusticia no es un problema circunscrito a las víctimas: es necesario luchar permanentemente para que no gane terreno. No juzgamos la decisión de Najima, de los creyentes, de los gays, de los náufragos o de los gobernantes: la pérdida de talento, solidaridad, salud o sinceridad no es un handicap personal, sino un atentado contra la confianza que cimenta la sociedad.

Najima sigue trabajando en el taller: sólo ella sabe cuánto le cuesta a final de mes ser fiel a sus principios. Sepamos nosotros también pagar el precio de la dignidad como garantía de una sociedad respetuosa con todo el mundo. Con lazos, pancartas o hiyabs.


Joan Gómez i Segalà