Rafa Allepuz EdO

Artículo de opinión de Rafael Allepuz Capdevila, miembro de Justícia i Pau Lleida.

 

La desigualdad injusta

Una cosa es la pluralidad y la diversidad, entre las que se incluye la desigualdad, y otra es que la desigualdad sea estructural y genere diferencias abismales en las condiciones de vida de las personas. Una cosa es la riqueza que supone la convivencia entre no iguales y otra es la injusticia que supone privar a personas y familias de los mínimos imprescindibles para vivir con dignidad.

Leo en un periódico la información de que la ONU denuncia a nivel global que el crecimiento económico no beneficia por igual a todas y todos. ¡Pues, iría muy bien pasar de la denuncia a la acción!

Que el 10% más rico de la población del mundo se quede hasta el 40% del ingreso mundial total y que la mayoría de la población tenga dificultades en el acceso a los servicios sanitarios y educativos, entre otros, no nos debe dejar indiferentes, se trata de una injusticia con mayúsculas. Esta circunstancia es un obstáculo para la paz y el ejercicio de los derechos humanos más fundamentales, supone 1a amenaza al desarrollo de nuestras sociedades y al crecimiento económico de los territorios que lo necesiten y tiene un gran impacto sobre los grupos de población más pobres y excluidos socialmente. Todo ello es nocivo para la democracia ya que, según algunos expertos en la materia, la desigualdad llevada a los extremos actuales permite influir de una manera desproporcionada y desmesurada en la conformación política de la sociedad. Por todo ello, la desigualdad es un problema de grandes dimensiones.

Hay que centrar el tema donde corresponde, ya que el problema no es tanto la desigualdad sino los niveles de desigualdades conseguidos. La desigualdad como tal es la consecuencia de que no todos somos iguales. No tenemos las mismas habilidades ni capacidades, tenemos diferentes ambiciones personales y profesionales, diferente forma de pensar y de evaluar, diferentes identidades políticas, culturales, religiosas y sociales, etc. Pero estas desigualdades han de basarse en el respeto a las diferentes condiciones humanas, experiencias de vida y de toma de decisiones, pero un respeto que no debe invadir el ejercicio de la libertad y del margen de decisiones y de actuación de los demás.

Para que así sea, es necesario que todas y todos, sin excepciones, podamos disfrutar de las oportunidades necesarias para lograr nuestros objetivos más básicos y fundamentales. Esto es precisamente lo que niega la desigualdad llevada al extremo actual.

Esta desigualdad es multidimensional debido a que tiene diferentes causas y consecuencias, pero en la raíz encontramos la injusta distribución y la poco equitativa redistribución de las rentas, tal y como señala la ONU.

Pero ante este panorama nos encontramos todas y todos, cada uno y una de nosotros que también somos plurales y diferentes. Me sorprende tristemente el avance social y político (la política es un reflejo de la realidad social) de actitudes y propuestas que atentan contra determinados tipos de desigualdad, sobre todo las raciales, culturales y de género, y que por otro lado favorecen, con su apoyo o con su permisividad, las que son más derivadas de las estructuras económicas del país y del modelo económico en general.

Si por nuestra parte no existe una voluntad y una capacidad de reacción que contraponga esta tendencia creciente que, además, intensifica las desigualdades injustas, el horizonte que se adivina no es nada esperanzador ni estimulante.

Sin compromiso no conseguiremos nada. Cada uno y una de nosotros debe poner sus habilidades y capacidades (¡que las tenemos!) al servicio de la causa, que no es otra que debilitar los factores que provocan la desigualdad injusta con el objetivo de acabar con ella.

Rafael Allepuz Capdevila