La novela Erewhon (anagrama de nowhere, «ningún sitio»), del escritor inglés Samuel Butler (1835-1902) es una de las primeras distopías —o antiutopías— de la narrativa moderna. Bajo la fantasía de estos relatos suele esconderse una crítica a la sociedad contemporánea del autor, y la obra de Butler no es una excepción: Erewhon representa una denuncia fenomenal de la hipocresía de la Inglaterra victoriana, que bajo el discurso de los valores cristianos amparaba una sociedad fundamentalmente injusta, protectora de los ricos y opresora de los pobres, y que, además, responsabilizaba a los excluidos y oprimidos de su desgracia. En el país imaginario de Erewhon, la enfermedad es un defecto, algo mal visto: la culpa siempre es del enfermo, que debe ser convenientemente apartado de la gente respetable. Y si la enfermedad es grave, entonces es un delito, con castigos que van desde unos días en la cárcel hasta penas de trabajos forzados. Huelga decir que la condena de los enfermos no es un invento de Butler: la vemos en los cuatro evangelios —los leprosos serían el paradigma—, y no hace tanto que se reprodujo el mismo patrón con los enfermos de Sida.

Sea como sea, el caso de la enfermera Teresa Romero, enferma de Ébola, me ha llevado a recordar la pesadilla de Erewhon. A lo largo de estas semanas hemos asistido al triste espectáculo de la culpabilización inmisericorde de una persona que se debate entre la vida y la muerte. Se ha dicho, y personalmente creo que es cierto, que tanto el gobierno central como el gobierno autonómico de Madrid han intentado, como ya se hizo en otras ocasiones, sacudirse cualquier responsabilidad y trasladarla al eslabón más débil de la cadena. Así ocurrió en los casos del Prestige —la culpa fue del capitán—, del Yak-42 —fue del piloto— o del tren de Santiago —el maquinista—. Para acabar de arreglarlo, muchos medios de comunicación, instalados en la guerra frenética por la audiencia a base de competir con información-basura, han atizado con crueldad esta injusta y falsa lectura de los hechos. Lo que se ha llegado a decir de Teresa Romero no tiene nombre.

La misericordia con los más débiles, con los que sufren, con los excluidos, es la médula de la enseñanza y el ejemplo personal del Papa Francisco. Es el hilo conductor que da unidad y sentido a todo lo que dice y hace, desde las homilías cotidianas hasta la exhortación La alegría del Evangelio, desde las entrevistas que concede hasta los mensaje breves que pone en Twitter. Esta misma semana, Francisco tuiteaba: «el cristiano es necesariamente misericordioso; este es el centro del Evangelio».

Por ello, es impresentable que la línea informativa de Canal 13 TV, cadena participada mayoritariamente por la Conferencia Episcopal, se haya inclinado hacia la mala práctica periodística y moral de inculpar a Teresa Romero. Y no estoy hablando de una intervención aislada en alguna tertulia, sino de un discurso habitual en diferentes programas, como he podido comprobar a través de su televisión a la carta, a raíz del comentario que me hizo una feligresa de mi parroquia, entrada en años, y que se expresó con un refrán muy nuestro: «en lloc de llum donen fum» (en lugar de dar luz, dan humo).

Que haya medios de comunicación sensacionalistas que busquen compulsivamente el beneficio comercial de sus titulares y anunciantes es una desgracia, pero difícilmente se puede evitar en una sociedad pluralista que protege la libertad de expresión. Ahora bien, que un medio de comunicación propiedad de la Iglesia caiga tan bajo es altamente preocupante. Las denuncias contra la línea informativa de Canal 13 —por tendenciosa, partidista, representativa de una ideología rancia y extremista—, procedentes de los más diversos sectores de la Iglesia, son habituales desde el nacimiento de esta televisión. Pero nunca hasta ahora se había traspasado la línea roja de la inmisericordia.

Si Canal 13 no es capaz de cumplir con un mínimo de dignidad y coherencia con los valores más básicos que el magisterio de la Iglesia confiere a sus medios de comunicación, ya no se trata de corregir una desviación puntual, sino de replantear de raíz la función, y si cabe la continuidad, de esta distopía.

Miquel Àngel Maria, miembro de JP Menorca
20/10/2014