En los últimos años se habla de forma poco centrada del fenómeno de la emigración causada por la salida hacia el extranjero de ciudadanos, algunos solo residentes y otros con nacionalidad española.

La etapa en la que el Estado español ha sido un país de inmigración ha finalizado y ha sido muy breve. La llegada masiva de población extranjera se veía como un indicador de prosperidad y modernidad. El Estado español iba en la buena dirección. ¿Qué ha pasado?

Los datos disponibles son todavía poco fiables en el sentido de que los registros no reflejan de forma rigorosa los verdaderos flujos, pero son lo suficientemente representativos para marcar tendencias.

A pesar de la crisis continua llegando población extranjera porque la inmigración es un fenómeno estructural en nuestro país, pero lo que empieza a incomodar más es la salida de población hacia el extranjero y, sobre todo, sus causas.

Los datos estadísticos disponibles reflejan un aumento progresivo de los flujos migratorios hacia el exterior. Los primeros flujos han estado protagonizados por personas no nacidas en el Estado español que vuelven a sus países de origen o que inician un nuevo periplo migratorio hacia otros países que en la actualidad ofrecen mejores oportunidades de trabajo, de bienestar y de vida. Los últimos datos reflejan un aumento de la emigración protagonizada por ciudadanos nacidos en el Estado español y que su media de edad va en aumento, lo que indica que marchan personas solas en edad de trabajar y algunas familias autóctonas enteras.

La salida de inmigrantes supone la pérdida de una población que nos ha ayudado durante unos cuantos años a crecer y a financiar gasto social, y que representa un potencial de crecimiento que nos sería muy útil en el futuro al tratarse de personas capacitadas y con espíritu de trabajo. En el caso de la población autóctona se trata, además, de personas muy bien preparadas que se han formado en el territorio, se ha invertido en ellas, y que desarrollaran sus capacidades en otros territorios, lo que supone una desinversión y una pérdida de capital humano muy importante. Pero, ¿por qué se marchan? La falta de empleo y la precariedad laboral son las principales causas de la huida hacia el extranjero. Los mismos afectados lo ponían de manifiesto con el lema: ¡No nos vamos, nos echan! (manifestación de abril 2013, Madrid).

Una parte de la población joven que marcha lo hace para ampliar estudios, practicar idiomas y para conocer las posibilidades de trabajo y de promoción profesional en otro país. ¡Cuántos de ellos ya se han instalado en el extranjero! Pero esto no es indicativo de que trabajen de aquello para lo que se han formado, con lo que la sobrecualificación es una constante para muchos jóvenes formados en el país y que trabajan en el extranjero. Los países europeos receptores de nuestros ciudadanos necesitan trabajadores cualificados y no cualificados y por este motivo no todos los que se marchan consiguen los trabajos a los que aspiran. Además, las condiciones laborales no son tan buenas como nos hacen ver muchos medios de información y comunicación. Por poner un ejemplo, en Alemania (que es el tercer país europeo receptor de población española después de Francia y Reino Unido) los inmigrantes que llegan de los países de la Europa del sur reciben el 64% del salario medio del país pudiendo llegar al 72% donde se estancan, cosa que no pasa con los que llegan de Holanda u otros países europeos (nuestros ciudadanos son objeto de prejuicios). Aun así, los sistemas de protección social son más generosos y justos que el nuestro.

Así es como deducimos que existen más similitudes de lo que parece entre la emigración actual y la vivida en el siglo pasado, lo que resulta muy lamentable. Esta emigración también sirve para reducir los desequilibrios laborales (el paro), para calmar la inestabilidad social y para disimular la incompetencia —o voluntad, según se mire— política (no en vano, la ministra Báñez se refirió a la emigración de nuestros jóvenes como Movilidad laboral) con la que el actual gobierno pretende transmitir una visión positiva de la emigración disfrazándola con discursos de modernidad, de proyección internacional de nuestros jóvenes (¡que se lo pregunten a nuestros investigadores!) y de promoción de la Marca España.

No existe en este momento ninguna iniciativa pública que se proponga establecer un control y una protección hacia las personas que se marchan al extranjero. Hace falta crear organismos públicos y establecer convenios internacionales en la materia.

¿Qué será de nuestro país, y que será de la población que emigra, si no vuelve?

Rafael Allepuz Capdevila, membre Justícia i Pau Lleida
27/10/2014