Miquel Caum EdOArticulo de opinión de Miquel Caum Julio, miembro de Justícia i Pau Barcelona.

De nuevo, la cara más oscura de la política se abre paso: la política del poder por el poder, del supuesto interés nacional (propio) y del pragmatismo más radical. Esta política ha vuelto a hacerse notar a lo largo de estos últimos días, atacando a aquellos colectivos más vulnerables, quienes siempre han sido su víctima preferida.

Desde el pasado 28 de febrero, Turquía decidió dejar de retener a los refugiados que intentan llegar a Europa, algunos huyendo de la guerra, otros de la miseria a la que se ven condenados los países de la periferia capitalista.

El Estado turco ha abierto su frontera no como un gesto humanitario para facilitar el ejercicio del derecho de asilo a los refugiados, sino para satisfacer lo que sus dirigentes han señalado como el interés nacional.

Hasta ahora, Turquía recibía un pago de la UE, en virtud de un acuerdo entre ambas partes alcanzado en 2016, para mantener alejada de Europa a todas las personas refugiadas que llegaran al territorio turco. Con este acuerdo, las personas refugiadas se convertían en moneda de cambio y devenían un instrumento de presión al servicio del gobierno turco, que podía amenazar a los campeones de la Europa fortaleza con la entrada de los centenares de miles de personas que retenía al llegar a la frontera.

No muy lejos de allí, en las inmediaciones de la ciudad de Idlib, en el noroeste de Siria, se ha producido un resurgimiento de la guerra, que ya hace nueve años que dura. En esta región, el ejército sirio ─con el apoyo de Rusia─ inició una ofensiva (actualmente parada por un frágil alto al fuego) contra el último reducto bajo el control de los grupos rebeldes sirios ─apoyados por Turquía─.

Ante esta situación, el presidente de Turquía Recep Tayyip Erdogan anunció a finales de febrero que su país abriría las puertas de su frontera con la UE a los refugiados que hasta ahora estaba reteniendo. El objetivo ─admitido explícitamente por el propio presidente turco─ de esta medida era presionar a la UE para obtener su apoyo en el conflicto sirio y así obtener un mejor resultado de una guerra en la se encuentra en el bando perdedor ─por decirlo de alguna manera, ya que las pérdidas humanas causadas por la guerra han sido catastróficas para Siria en su conjunto─.

Por otra parte, la respuesta de la UE a dicha decisión ha sido el refuerzo de la frontera y el ofrecimiento de un nuevo acuerdo para que Turquía vuelva a retener a los refugiados. Lo que haga falta para reforzar la deshumanización que sufren quienes huyen de la guerra y la miseria, que ahora también son retratados por las élites europeas como una amenaza. Prueba de ello son las lamentables declaraciones de la Presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen, refiriéndose a Grecia como el escudo de la UE. ¿Un escudo contra qué?

Todo ello, sin embargo, no nos debería parecer algo nuevo ya que España y Marruecos han mantenido una relación similar a la que ahora mantienen el conjunto de la UE y Turquía respecto al llamado control de fronteras. En la medida en que Europa pague ─con favores o dinero─ a los Estados de su periferia, estos se asegurarán que las personas migrantes no lleguen a sus fronteras.

Nuevamente, volvemos a la cuestión inicial: los refugiados ya hace tiempo que han dejado de ser sujetos con derechos para convertirse en un instrumento más al servicio de los intereses de los Estados, enredados en una política que parece no poner límites al ejercicio del poder.

Atendiendo a esta problemática, se hace patente la necesidad de promocionar y ─eventualmente─ establecer una práctica política responsable o limitada, donde el poder no se justifique por sí solo y donde la moral no sea ignorada en favor del pragmatismo más salvaje.

Miquel Caum Julio