Anna Sangrà
ESTADOS DE OPINIÓN

Escuchar el silencio

La pandemia de la Covid-19 nos ha puesto contra las cuerdas. Todos y todas hemos sufrido las consecuencias, empezando por las decenas, tan solo en Cataluña, de miles de personas que han sufrido la enfermedad. En conjunto, la Covid-19 ha impactado con fuerza en las familias y ha puesto de manifiesto las desigualdades sociales ya existentes.
A este hecho, hay que sumarle el cambio en el estilo de vida: en los últimos seis meses muchas personas han pasado de vivir 8, 10 o 12 horas fuera de casa a tener que permanecer allí por mandato. Habitualmente, vivimos de puertas afuera sin detenernos, exprimiendo todos los minutos posibles y dedicándose a lo que popularmente llamamos "tareas productivas": trabajar, estudiar, relacionarnos con la familia y amigos, disfrutar del ocio y nuestros intereses, colaborar en el asociacionismo ... Incluso, muchas veces cuando nos vamos de vacaciones nos sabe mal no llegar a visitar todos los monumentos del destino, como si hubiéramos perdido el tiempo en descansar. Ahora, alguien ha activado el freno de mano por nosotros, la vida en el exterior se ha parado y tenemos que aprender a vivir puertas adentro.
Una vez pasados los primeros días de recreo en el hogar, han sido muchas las que se han interesado por el autoconocimiento, el crecimiento personal, la meditación, el mindfulness, el yoga... muy diferentes pero con un punto en común: centrarse en uno/a mismo/a, el propio cuerpo, las emociones y los pensamientos. Con todo, parece que el período de confinamiento, seguido por lo que llaman nueva normalidad, en parte nos haya brindado la oportunidad y en parte nos haya forzado a hacer un ejercicio de interioridad.
Trabajar o cultivar la interioridad es algo necesario y me atrevería a decir que hoy en día lo es más que nunca. El estilo de vida imperante en la actualidad no favorece esta tarea en circunstancias naturales. Ahora bien, durante semanas he tenido la sensación que seguro este aspecto del confinamiento ha sido distinto para muchas personas, sobre todo para las creyentes o espirituales; mucho más acostumbradas a vivir y trabajar el mundo interior, pues se entrelaza perfectamente con la práctica espiritual.
El confinamiento ha favorecido un espacio para el silencio, lejos de los ruidos diarios, y nos ha hecho más proclives a la reflexión, la escucha, a sentir más, digerir nuestros pensamientos y trabajarlos. Cuidado porque la interioridad no tiene nada de pasiva, requiere mucho esfuerzo y paz mental. Ahora bien, reforzar el contacto con uno mismo no hace más que enriquecer el espíritu.
La pregunta que me hago ahora es, de esta interioridad espontánea ¿qué quedará dentro de un año? Ojalá hayamos aprendido a reservar un rato diario para escuchar activamente el silencio.

 

Anna Sangrà (@anna_sangra)

Miembro de Justícia i Pau Barcelona