Àlex Masllorens
ESTADOS DE OPINIÓN

Adiós, Madrid

Lo escribió Pasqual Maragall, premonitoriamente, poco antes de ser elegido presidente de la Generalitat. Y lo hizo para poner en evidencia que todo el poder del Estado se había conjurado para hacer todo lo posible para restar fuerza a Cataluña y a otros actores económicos importantes y concentrar en la capital todo el poder real. Eran los tiempos del nacionalismo desacomplejado de Aznar y de actuaciones tan irresponsables como la prohibición de que Gas Natural comprara Endesa. Al final, ¡prefirieron que se lo quedara una empresa extranjera! Pero la idea era, poco más o menos, que ya solo Madrid y el círculo de poder que representaba la famosa lonja del Bernabéu ofrecían garantías suficientes para el nuevo proyecto de reconstrucción nacional. 

Ahora vuelven. El Estado ha hecho todo lo que estaba en sus manos, legal e ilegalmente incluso, para impedir el secesionismo de Cataluña. Lógico; es lo que acostumbran a hacer los estados. Pero los poderes fácticos (¡que están, y mandan mucho!) ignoran en algunos casos y ven con simpatía en la mayoría las salidas de tono de la presidenta de la Comunidad de Madrid. Es solo un exponente castizo de un hecho más profundo. Lo realmente trascendente es que se está limitando cada vez más la libre competencia y competitividad real de las empresas, se está fomentando el dumping y, en consecuencia, una vez más, favoreciendo los más fuertes y perjudicando los débiles. Cómo queda todavía tanta gente modesta, e incluso miserable, que vota alegremente a aquellos que más les perjudican, continúa siendo todo un misterio... O quizás no, quizás esto también tiene mucho que ver con los pésimos (por ridículos) niveles de inversión en cultura y educación en nuestro país; y en la incapacidad de los partidos para llegar a los tan necesarios pactos de estado sobre la materia.

Sea como fuere, «Madrid no es España», como afirmó durante la campaña la presidenta Ayuso. Y se podría reconocer que Madrid es cada vez más, justamente, el antiEspaña. Es una isla, un paraíso fiscal, una aspiradora de dinero, proyectos e inversiones, que tendrían que repartirse de manera equitativa por la piel de toro. El problema no es solo de Cataluña, el problema es de toda la España no madrileña (y también de tantos madrileños a quienes se mantiene forzadamente alejados de aquella bacanal). Hoy, las rentas de la capitalidad se han convertido en un chollo y, como ha señalado el catedrático de Economía Aplicada Ernest Reig, «la capitalidad, las economías de aglomeración y la baja fiscalidad ejercen un efecto de succión sobre las regiones que la rodean». Un elemento clave de todo esto es la importancia desmesurada que en la concentración de empresas en el área madrileña ha tenido el peso de la contratación pública de organismos situados a Madrid.

La politóloga Gemma Ubasart también ha explicado bien cómo ha funcionado el proceso de independencia de Madrid. Empezó con ímpetu en la época Aznar y se retomó con Rajoy, con la ayuda impagable de la caverna mediática (¡incluida la COPE, por cierto!), los grandes conglomerados político-económicos, el alto funcionariado del Estado y, por supuesto, varios organismos clave del Estado que han quedado en manos de la derecha por carencia de los consensos necesarios para la preceptiva renovación. Otro de los capítulos más oscuros e indignos de la España democrática actual: cómo aquellos que se llenan la boca con el respeto y la necesaria sumisión de todo el mundo a la ley la utilizan de manera indecente para controlar los organismos que pueden darles todavía más poder, ni que sea retorciendo la norma hasta lo imposible (¿cuándo veremos un discurso solemne del Rey exigiendo prudencia y lealtad a los buitres que tanto daño hacen a la convivencia democrática?).

«Entran en juego varios ingredientes que se retroalimentan entre ellos -señala Ubasart- : 1) una recentralización de competencias y administrativización de las autonomías, dando más peso a la administración central del Estado y, en concreto, al funcionariado residente en Madrid; 2) un reparto desigual de los recursos estatales creando/consolidando/reduciendo polos competitivos en el territorio; 3) el surgimiento de una nueva clase dirigente a partir de privatizaciones y externalizaciones de sectores estratégicos y la financiarización de la economía, en detrimento de una burguesía emprendedora y del desarrollo de la economía productiva.

De todas aquellas decisiones y maneras de hacer, en realidad tan injustas y tan poco democráticas, quedan los lodos espesos que hacen que hoy España sea lo que es y que el verdadero problema de fondo no sea solo Cataluña. Incluso Miguel de Unamuno, en los años  30, sintió la necesidad de proclamar bien alto que «yo esta España tampoco la quiero».
 

Àlex Masllorens
Miembro de Justícia i Pau Barcelona