Joan F. López Casasnovas
ESTADOS DE OPINIÓN

Cómo San Jorge vence al dragón

No es necesario recurrir a Shakespeare –aunque siempre es un recurso infalible a la hora de sondear el abismo del alma humana- para referirnos a la fragilidad del orden moral, donde la maldad prospera fácilmente mientras que la virtud, en cambio, requiere esfuerzo, constancia, voluntad. Hoy como ayer, ahora y siempre, encontramos a macbeths, yagos, ricardos dispuestos a actuar haciendo de las suyas, porque el mal resulta muy difícil de erradicar de la naturaleza humana. Sin embargo, siempre existe una puerta abierta a la esperanza. Con una condición: la de no hacerla demasiado extensiva, no universalizarla (pues en este caso la decepción está asegurada), sino más bien focalizarla en seres humanos concretos. Generalizar tiene problemas: la vaguedad, la inconsistencia. Mejor concretarla en aquellas aspiraciones que, ni que parezcan utopías, acaben por convertirse en realidades.

Igual que los edificios sin fundamento, que son las vanas ilusiones que nos inventamos los humanos (pero especialmente aquellos más afectados por las trampas de la sociedad de consumo); igual que los palacios suntuosos y los templos solemnes, todo el mismo mundo y sus herederos se disolverán y terminarán cayendo como un castillo de naipes, sin apenas dejar rastro. Eso es así desde el vanitas vanitatis et omnia vanitas del Eclesiastés hasta los autores barrocos, que concebían el mundo como un escenario, un gran teatro, y a la vez el mundo y el teatro como un sueño. Resuenan los versos de Calderón y más modernamente los de Gil de Biedma, quien de joven quería dejar la vida entre aplausos pero después se daba cuenta de que envejecer y morir eran no sólo las dimensiones de este teatro sino, de hecho, el único argumento de la obra.

La poesía tiene, entre otras virtudes, una especialmente grandiosa: es capaz de espabilarnos incluso cuando estamos despiertos (Miquel Desclot titula “Despertarme cuando no duermo” su poemario premiado con el Carles Riba 2020). Nos espabila porque a menudo sucede que al creer que tenemos los ojos abiertos y el oído atento, en verdad ni vemos ni escuchamos todo aquello que existe y que los brujos fabricantes de “realidades” nos ocultan. Cuando algún que otro “im-bécil” –esto es, alguien que carece del apoyo (en latín bacillum puede traducirse por ‘bastoncito’) de firmes conocimientos- interpreta, por ejemplo, que el catalán fagocita al castellano en los países de lengua catalana, que el decreto del gobierno balear para favorecer el alquiler “expropia” viviendas o que los madrileños el 4 de mayo tendrán que optar entre “comunismo” y “libertad”; cuando alguien se expresa así, está haciendo un uso perverso de las palabras. El refrán lo deja claro: «si quieres mentir, repite lo que oyes decir». Por cierto que para los romanos imbecillis no tenía la connotación negativa que arrastra actualmente; significaba sencillamente ‘debilidad de espíritu’, ‘frágil’, ‘vulnerable’.

La poesía, el teatro, la literatura ofrece instrumentos imprescindibles para una cultura viva. En La Tempestad, de W. Shakespeare, Próspero se dirige al joven Fernando aleccionándolo de que todos estamos hechos de la misma materia con que se fabrican los sueños y de que nuestra pobre vida no es sino dormir (Acto IV, escena 1ª). Casi dos siglos antes ya Jorge Manrique nos invitaba a desperezarnos: «Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte...» La poesía podría hacer, pues, esta función de reactivar nuestros corazones (activar el corazón, ‘re-cordar’, al despertarnos).

Es seguro que leer literatura de la buena nos hace vivir más intensamente, pero también nos puede ayudar a entender quiénes y cómo somos (criaturas frágiles, vulnerables ante un patógeno microscópico; naturaleza de sueños?), dónde estamos («...contemplando cómo se pasa la vida...») y, para el caso de que hayamos abierto los ojos a una realidad que tiene tantas cosas buenas como malas, ver qué podemos hacer para transformarlas, ya que, según las transformemos, nos estaremos jugando la vida. Pensemos en el cambio climático y sus consecuencias, en las desigualdades lacerantes en incremento exponencial, en el montón de injusticias a que diariamente asistimos y que condenan a millones de seres humanos a la intemperie… Y un etcétera inacabable.

Para hacer frente a la inmensa tarea de resiliencia y construcción, tal vez las palabras no sirvan de mucho, pero son imprescindibles si conseguimos recuperarlas en su recto sentido: democracia, igualdad, fraternidad y sororidad, libertad, justicia, derechos humanos… Quién era aquel poeta que pretendía salvar las palabras y recuperar el nombre de las cosas para poder acceder al pleno dominio de la tierra? Salvador Espriu nos alentaba a permanecer fieles al servicio del pueblo, pues si cada cual guardara fidelidad  a su propio pueblo concreto, el que nos ha correspondido en nuestro espacio y nuestro tiempo, también podríamos ser respetuosos con todos los demás pueblos del mundo, los de hoy, los de ayer y los de las generaciones venideras.

Cada año abril nos invita a una primavera de libros y rosas. San Jorge vence al dragón con la lanza más eficaz y afilada: la palabra. Palabras que causan dolor, placer, espanto, coraje, persuasión, rechazo…; palabras que son materia de nuestros sueños y de nuestros insomnios, crecen y fructifican con la lectura.
 

Joan F. López Casasnovas
Miembro de Justicia i Pau Menorca