Joan Maria Raduà Hostench
ESTADOS DE OPINIÓN

Convivencia en Paz

El 16 de mayo se celebra el Día Internacional de la Convivencia en Paz. Esta jornada fue instaurada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en una Resolución adoptada el 8 de diciembre de 2017 con la finalidad de invitar a todos los países del mundo, a todas las organizaciones religiosas y culturales y organizaciones no gubernamentales a promover la Cultura de la Paz. En palabras de la misma Resolución esta jornada ha de servir “para movilizar periódicamente los esfuerzos de la comunidad internacional con el objetivo de promover la paz, la tolerancia, la inclusión, la comprensión y la solidaridad, y mostrar el deseo de vivir y actuar juntos, unidos en las diferencias y la diversidad, para forjar un mundo en paz, solidaridad y armonía”.

En estos momentos, cuando la violencia ensombrece los anhelos de paz de la humanidad en distintos lugares del planeta, ¿qué sentido tiene dedicar un día a la convivencia y a la paz? 

Cuando el estruendo de las balas y de las bombas provoca el llanto de las víctimas inocentes en Ucrania, en el Yemen, en Siria, en Mali y en muchos otros lugares, parece que una jornada como ésta es una simple manifestación de bonhomía o de benevolencia estéril. A pesar de ello, un día como éste nos recuerda que hay infinidad de personas que mantienen viva la esperanza de la paz, de la justicia y de la fraternidad. Mujeres y hombres que trabajan por la hermandad de las personas y de los pueblos, o que acogen y acompañan a las víctimas de tanta violencia o que alzan sus voces contra la guerra y contra todo tipo de violencia.

En el texto de la Resolución, la Asamblea General resalta especialmente el destacado papel que juegan las instituciones religiosas en la construcción de la paz. En esta línea se enmarcan las iniciativas que promueven el diálogo interreligioso por todo el mundo. Recordemos aquella histórica Jornada Mundial de Oración por la Paz celebrada en Asís el 27 de octubre de 1986 impulsada por el Papa Juan Pablo II. Desde entonces se han repetido muchos encuentros de oración y diálogo interreligioso.

El Papa Francisco ha impulsado estos encuentros con las otras comunidades cristianas y con las otras confesiones religiosas para promover la paz y, asimismo, son constantes sus llamadas al diálogo para resolver los conflictos armados en curso y para prevenir la aparición de otros nuevos. 

La participación de dos mujeres, una rusa y una ucraniana, en el último Via Crucis del Viernes Santo en Roma, fue una muestra de solidaridad con el dolor de todas las víctimas de las guerras, sin distinción alguna. Ambas mujeres representan a todas las personas que sufren la cruz de la violencia. En este camino doloroso no están solas. No pueden estar solas. No podemos permanecer indiferentes a su paso y debemos trabajar, en nuestro entorno, para construir puentes de diálogo y caminos de paz.

En la encíclica “Fratelli Tutti” el Santo Padre nos anima a todos a ser artesanos de paz. Nos dice que “hay una arquitectura de la paz, donde intervienen las diversas instituciones de la sociedad, cada una desde su competencia, pero hay también una artesanía de la paz que nos involucra a todos”.

En su encíclica también recuerda la importancia del reencuentro y de la reconciliación, insistiendo que la paz está ligada al perdón. Ahora bien, nos recuerda que el perdón no significa impunidad, sino justicia y memoria, porque perdonar no significa olvidar, sino renunciar a la fuerza destructiva del mal y al deseo de venganza.

En este sentido, debe recordarse que la misma Resolución de las Naciones Unidas invita a los Estados miembros a seguir “promoviendo la reconciliación para contribuir a hacer realidad la paz duradera y el desarrollo sostenible trabajando con las comunidades, los dirigentes religiosos y otros agentes competentes, a través de medidas conciliadoras y servicios altruistas, entre otros medios, y animando al perdón y la compasión entre las personas”.

Esta llamada de las Naciones Unidas transciende a los Estados y nos involucra a todos como individuos. Todos estamos llamados (creyentes y no creyentes, de toda raza, nación y condición) a trabajar por la paz y por la convivencia, a perdonar y a practicar la compasión mutua. Nosotros como cristianos tenemos esta llamada en todo el Evangelio y cuando rezamos el Padrenuestro le pedimos a nuestro Padre que nos perdone y nos ayude a perdonar. Sin reconciliación no hay verdadera paz entre las personas y, aún menos, entre los pueblos. Ahora bien, la reconciliación se empieza construyendo a nivel individual. Igual acontece con la paz, debemos vivirla primero en nuestro entorno para irla expandiendo por todas partes.

Todos estamos llamados a ser artesanos de paz y de reconciliación.


Joan-Maria Raduà Hostench
Miembro del Eje de Derechos Humanos de Justícia i Pau