Miquel Àngel Prieto
ESTADOS DE OPINIÓN

¿De la cosmópolis racionalista a la cosmópolis ecologista?

La Conferencia de la COP26 en Glasgow ha situado de nuevo en la agenda pública las alarmantes previsiones sobre el cambio climático y la necesidad de tomar medidas.

Frente a quienes postulan que las nuevas soluciones tecnológicas permitirán reducir el impacto negativo de la actividad económica sobre el planeta, numerosas voces defienden cambios radicales en los hábitos de consumo de las poblaciones acomodadas. Las numerosas restricciones para frenar a la COVID han demostrado que, si hay buena comunicación y un consenso suficiente, las autoridades tienen margen de actuación.

Sin embargo, la respuesta efectiva al riesgo climático implica transformaciones del comportamiento de otra escala y duración. Éstos no son asumibles políticamente sin un ambiente cultural favorable, un nuevo sentido común.

Paradójicamente, las ciencias sobre la vida y los ecosistemas naturales no sólo son esenciales para entender la gravedad de la situación, sino que algunas investigaciones, popularizadas recientemente, pueden inspirar un nuevo paradigma cultural.

El filósofo de la ciencia, Stephen Toulmin, en su libro “Cosmópolis. El trasfondo de la modernidad”, mantiene que en la Grecia clásica y en los siglos anteriores, la gente pensaba que en el mundo de los humanos había dos tipos de orden diferentes: el orden de la naturaleza (el cosmos) que, entre otras cosas explicaba las mareas o las estaciones, y el orden de las sociedades (la polis), que estaba bajo control humano. Todas las sociedades humanas a gran escala se preguntaban por los vínculos entre estos dos órdenes. Según Toulmin, los estoicos son los primeros divulgadores en Occidente de la idea de una fusión de ambos órdenes. Los estoicos sienten la presunción de que los asuntos humanos están influidos por los “celestiales” y por tanto la estructura de la naturaleza refuerza un orden social racional. El pensamiento cristiano adopta parcialmente estas ideas y añadirá que la naturaleza revela el plan divino de Dios para el hombre.

A partir del siglo XVI, los filósofos y los científicos contribuirán de forma significativa a legitimar el orden social y político. Las reflexiones, observaciones y teorías sobre la naturaleza o sobre el universo, influirán, de forma más o menos explícita, en los diferentes proyectos de sociedad de los actores de poder de cada momento. En el lenguaje actual diríamos que las ciencias contribuyen a construir el relato, el sentido común de cada época. Los relatos movilizan a las personas y legitiman la forma de organización y los valores hegemónicos de una sociedad.

En el siglo XIX Charles Darwin postula la teoría de la evolución biológica mediante la selección natural de las especies. La influencia del relato de la creación divina de la vida en la tierra se tambalea. Las obras de Darwin no sólo cuestionan el pensamiento cristiano tradicional, sino que

legitiman un nuevo orden. Algunos de sus exégetas trazarán una línea de continuidad entre la lógica competitiva, descrita en la teoría de la evolución, las teorías económicas sobre el libre mercado y la expansión efectiva del capitalismo; omiten, por ejemplo, que la selección natural se aplica entre algunas especies y no en el interior de las comunidades de una misma especie (en particular existen numerosas evidencias del papel clave de la cooperación para la evolución de los humanos). Sin embargo, Darwin también describió la coevolución. En el libro "La fecundidad de las orquídeas" observa que estas flores coevolucionan junto con los insectos polinizadores.

Precisamente este año, el Premio Ramon Margalef de Ecología ha sido otorgado al biólogo Jordi Bascompte, quien ha demostrado que la coevolución no sólo es importante entre parejas de especies sino también en redes complejas de interacciones entre multitud de especies. A partir de la teoría de las redes ecológicas, sus investigaciones identifican interacciones de mutuo beneficio entre plantas y animales. El mutualismo no sólo contribuye al éxito evolutivo de las especies, sino que favorece la biodiversidad.

Hasta finales de noviembre, el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) divulga los trabajos de la bióloga Lynn Margulis, en el marco de la exposición “Ciencia Fricción”. La científica sostiene el origen bacteriano de la evolución de la vida en la tierra y postula la simbiogénesis. Según esta teoría, la simbiosis entre organismos simples es la fuerza creadora de los organismos complejos. En contraposición a la corriente neodarwinista, que sostiene que los cambios evolutivos provienen de la competición entre organismos independientes, Margulis propone una historia protagonizada por multitudes de seres interdependientes, unidos en todas las escalas de la vida.

La creciente conciencia social sobre los impactos negativos en el clima y la biodiversidad que provoca la actividad humana depredadora, y la incipiente voluntad política de actuar, otorgan a las teorías sobre la coevolución o la simbiogénesis un nuevo atractivo. Ya no se trata exclusivamente de un debate científico sino de animar un ambiente cultural propicio a cambios sociales y personales de gran alcance. Las interacciones de beneficio mutuo entre especies, que han garantizado la supervivencia y la evolución, pueden inspirar nuevas formas de pensar la relación entre los seres humanos y entre estos y el resto de especies. El papel preponderante de la interdependencia en la naturaleza, que estudia Bascompte, ¿podría contribuir a legitimar la sustitución del paradigma de competición en las relaciones sociales y políticas de nuestra polis?

Toulmin describe en su libro la transición, durante el siglo XVII, de una cosmópolis humanista, de raíz aristotélica y con referentes intelectuales como Montaigne o Erasmo, hacia una cosmópolis racionalista, deudora de los postulados de Descartes o Newton, entre otros, y que todavía sería la hegemónica en Occidente. La creciente influencia de pensadores y científicos del mundo natural parecen anunciar una nueva transición, hacia una cosmópolis ecologista. Quizás, este nuevo paradigma cultural facilitará las transformaciones sociales y políticas en Occidente.

Sin embargo, convendría no descuidar el diálogo con otras aportaciones y tradiciones. Una cosmópolis ecológica atenta a la racionalidad de la naturaleza no debe excluir la autonomía de la racionalidad humana. En la encíclica “Laudato si” (LS), el Papa Francisco reconoce las contribuciones de la ciencia a la causa del cuidado de la creación y a la vez defiende la importancia de la ética para abordar los retos futuros:

“Un retorno a la naturaleza no puede ser a expensas de la libertad y la responsabilidad del ser humano, que es parte del mundo con el deber de cultivar sus propias capacidades para protegerlo y desarrollar sus potencialidades. Si reconocemos el valor y la fragilidad de la naturaleza, a la vez que las capacidades que el Creador nos otorgó, esto nos permite poner fin hoy al mito moderno del progreso material sin límites.” (LS 78) (...)

“No hay ecología sin una adecuada antropología. Cuando la persona humana es considerada sólo un ser más entre otros, que procede de los juegos del azar o de un determinismo físico, «se corre el riesgo de que disminuya en las personas la conciencia de la responsabilidad» (LS 118).

Miquel Àngel Prieto
Membre de Justícia i Pau Barcelona