Justícia i Pau de la diòcesis de Catalunya
COMUNICADOS

La necesidad de un nuevo modelo de residencias para personas mayores

La pandemia que ha trastocado la vida de todos los habitantes del planeta desde hace meses y que probablemente persistirá durante mucho tiempo, ha afectado gravemente a los millones de personas que han sufrido la enfermedad. [1] A la vez, ha tenido efectos devastadores sobre la economía, generando, entre otras consecuencias, un fuerte crecimiento del paro y de la pobreza, especialmente entre las personas más desfavorecidas.

En España, las personas mayores que viven en residencias constituyen el colectivo más afectado, especialmente en la primera ola. Del total de muertes en España por la Covid un 62% vivían en residencias.

Este hecho no es fruto de la casualidad ni de un destino insoslayable. Es bien sabido que las personas mayores son las que más riesgo de complicaciones presentan una vez infectadas, pero esta circunstancia no explica únicamente lo que ha pasado. Cuando estalló la crisis sanitaria, las residencias se encontraron ante una situación imprevista de una enorme dificultad. Y muchas no supieron o no pudieron reaccionar adecuadamente: direcciones incompetentes, personal insuficiente, sin bastante material, muy expuesto al contagio, a menudo mal preparado, mal pagado y con mucha precariedad laboral, falta de apoyo y de instrucciones claras por parte de las administraciones, desconcierto ante una realidad inimaginable sólo unos meses atrás.

La situación se ha visto agravada por la tensión del sistema de salud que, como han denunciado muchas voces, ha llevado a una sanidad selectiva decantada en favor de los más jóvenes o más sanos, que ha podido contribuir a incrementar la mortalidad o la insuficiente atención a los ancianos.[2] 

Todas estas circunstancias han obligado al personal de las residencias, que no son responsables de la situación, a hacer un esfuerzo extraordinario y meritorio para afrontar la enfermedad, que no ha sido reconocido socialmente como se merece.

Lo que estamos vivimos pone en evidencia una característica de nuestro tiempo: como resultado de los avances de la medicina y de una tasa de natalidad muy baja, se ha producido un envejecimiento progresivo de la población. Ahora bien, como bien dice el Papa Francisco, "nuestras sociedades no se han organizado suficientemente para hacerles espacio, con respeto justo y consideración concreta a su fragilidad y dignidad".[3]

Como consecuencia, se ha ido expulsando a las personas mayores de los núcleos familiares. Las residencias se han convertido en una necesidad y también en un buen negocio. Grupos inversores, con vocaciones diversas, pero orientados principalmente a generar beneficios rápidos, se han abocado a este sector y han actuado con las reglas del capitalismo: minimizar los gastos para conseguir la máxima ganancia.

Esta tendencia ha sido favorecida también por una falta general de actuación durante muchos años por parte de las diferentes administraciones públicas de nuestro país, que no han supervisado ni regulado el sector. Tampoco han sido capaces o no han querido acompañar con inversiones suficientes el aumento de personas mayores necesitadas de este tipo de servicio. Su inacción y permisividad ha reforzado aún más el papel del sector privado, el cual ha crecido sin el necesario control por parte de las autoridades sanitarias, siguiendo un modelo estrictamente residencial y escasamente sanitario.

El resultado de todo esto es incompatible con las exigencias de un Estado social o de bienestar, que debe proteger eficazmente las personas más frágiles y vulnerables. Es necesario, pues, iniciar urgentemente una reflexión de toda la sociedad que ponga en consideración los siguientes aspectos: 

  1. La importancia de garantizar el adecuado apoyo humanitario, económico, social y sanitario para que las personas mayores puedan permanecer en su vivienda habitual mientras su nivel de autonomía se lo permita. Esto conlleva también favorecer las condiciones sociolaborales que permitan la atención de la gente mayor en el seno de sus familias. 
     
  2. La conveniencia de impulsar un nuevo modelo de residencias autogestionadas por las familias, con servicios comunes y con apoyo asistencial, cofinanciadas por la Administración. Estas residencias, que son una situación intermedia entre la propia vivienda y la residencia tradicional, evitan el aislamiento, promueven la autonomía personal y son económicamente más sostenibles.
     
  3. La necesidad de que la Administración se dote de los mecanismos necesarios y del personal idóneo para regular y controlar con eficacia y, a la vez, apoyar las necesidades del sector, especialmente ante epidemias. Aquí hay que tener muy presente la actividad de las residencias gestionadas por instituciones sin ánimo de lucro (una parte importante de las cuales están vinculadas a la Iglesia), que actúan de forma abnegada y vocacional y que, en las actuales circunstancias, han tenido que hacer un esfuerzo enorme. En todo caso, allí donde el sector no llegue, hay que considerar la necesidad de implantar residencias de carácter público. Es necesaria una adecuada planificación pública, que combine la gestión pública y privada, con el objetivo que el servicio residencial llegue con calidad a todas partes y a todo el mundo.
     
  4. La importancia de proveer de una formación especializada y reglada de todo el personal de los diferentes niveles profesionales de las residencias, asegurando que todos estén adecuadamente capacitados para su trabajo y disfruten de unas condiciones laborales y salariales que correspondan a sus responsabilidades.
     
  5. Finalmente, la necesidad de estimular en nuestra sociedad en general, y también en el ámbito de la atención a la gente mayor, una atención más humana, más cercana y más cualificada de este colectivo.

El respeto y la consideración que merece la dignidad de las personas mayores debe presidir cualquier estrategia de reforma del sector. En realidad, la calidad de una sociedad y de una civilización se juzga también por la forma en que trata a los ancianos. [4]

 

Justícia i Pau de la diócesis de Cataluña
27 de Noviembre 2020

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[1] Justícia i Pau publicamos, el pasado mes de junio, una nota entorno a algunas cuestiones planteadas por la pandemia y nuestro sistema de salud. https://www.justiciaipau.org/diem/llicons-pandemia-necessitat-sistema-fort-universal-integral

[2] Sin ancianos no hay futuro: llamada para re-humanizar nuestras sociedades. No a una sanidad selectiva ". https://www.santegidio.org/pageID/37740/langID/ca/Sense-ancians-no-hi-ha-futur-Crida-per-a-rehumanitzar-les-nostres-societats-No-a-una-sanitat-selectiva.html

[3] Catequesis de la audiencia general de 4 de marzo de 2015.

[4] En este sentido se expresó el Papa Francisco, en la citada catequesis de 4 de marzo 2015, citando unas palabras de Benedicto XVI.