Xavier Puigdollers Noblom
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Los derechos de los niños hoy y siempre

Estamos castigadas? Esta pregunta la hacían, con cara triste, a sus padres, un día del mes de marzo pasado, la Marina, Clara y Aina, tres hermanas de 6, 4 y 2 años. Estaban sorpresas porque hacía días que no salían de casa, ni iban a la escuela, ni a jugar al parque, ni al súper. Además, los padres, cuando uno de ellos salía de casa, se tapaba la cara con un paño. Si le pedían para acompañarlo, decía que no, que no podía ser. También pasaban mucho rato en el ordenador. Los padres sonrientes dijeron: nos sentamos en el suelo que le explicaremos qué está pasando. No estáis castigadas, os lleváis muy bien, jugáis y os ayudáis siempre. Lo que pasa es que en la calle hay una enfermedad que si la coges te hace mucho daño. Es por ello que no podemos salir. Estamos confinados. Si salimos debemos tapar la cara con este paño que se llama mascarilla.

Las niñas escuchaban atentas y preguntaron: Confinados, qué palabra más rara, no la conocíamos. Una enfermedad mala? No volveremos al Cole? No veremos a los abuelos? ¿Qué haremos? No podremos jugar con Noa, Arlet y Quique, que harán ellos?

Los padres comprendieron que sus hijas estaban despistadas. Los horarios, las rutinas diarias, el ritmo de vida se habían roto. No tenían ni escuela, ni amigos, ni abuelos, ni calle ... nada. Comprendían que de pronto les había cambiado aunque no lo entendían. Era fácil de comprender, porque ellos tampoco lo tenían fácil. De repente se miraron, con esa mirada cómplice que no necesita palabras, se levantaron de un salto y dijeron: Mirad, ya que no podemos salir de casa o ir al cole o en casa de los abuelos, lo haremos todo desde aquí. Qué haremos ?, preguntaron rápidas, las tres, levantándose del suelo. Convertiremos la casa en un experimento. Marina tú ya haces experimentos en la escuela, verdad?

Por la tarde la casa había cambiado, el comedor era un espacio libre para hacer juegos, excursiones, cantos, aventuras. Ahora estaban yendo al Montseny a buscar flores. Marina llevaba la máquina de fotos, Clara una cesta y Aina una botella de agua por si tenían sed. Y, aunque no os lo creéis, encontraron flores rojas y amarillas, piñas y piñones e incluso setas. La madre tenía un libro de plantas. Qué tarde de dibujar, pintar y recortar pasaron las tres, aprendieron muchos nombres y cosas del bosque, cantaron e incluso merendaron. Por la noche estaban cansadas y contentas.

Los días siguientes continuaron con el nuevo sistema. El balcón se convirtió en una montaña con vistas a un gran patio interior de manzana donde se veía gente en las ventanas hablando y por las noches todos salían a aplaudir. Las tres cogieron sus instrumentos de música de juguete y contribuyeron a la tormenta general. Nunca habían visto tanta gente en las ventanas y balcones. Los padres dijeron que toda esa gente también estaba confinada.

El curso terminó sin volver a la escuela y pasaron el verano fuera, en la casa de la montaña. Esta vez también estaban los abuelos. Cuántos cuentos explicaron, una, dos, tres veces lo mismo. Lo sabían de memoria, pero Aina siempre volvía con un prudente, me lo cuentas? El abuelo la miró  y le dijo:  Aina si es el mismo. Y sonriendo empezaba: He aquí que una vez había ...

Las tres hermanas ahora han vuelto a la escuela, pero lo hacen con mascarilla, se lavan las manos varias veces, van en grupo y no se pueden juntar con otras clases. Parece que todo vuelve a ser normal, pero recuerdan que antes era diferente.

Era diferente y será diferente. Los cambios no deben asustar. El peligro está en no querer cambiar, en resistirse a continuar igual ante una realidad cambiante. Escuchamos al mundo, a la naturaleza, a las personas que sufren. Oímos los gritos, los llantos pidiendo ayuda. Las protestas denunciando injusticias. Vemos los que no tienen casa, trabajo, nadie que los atienda.

Pensemos en los niños: cómo están y cómo estarán. Hemos visto como unos padres han sabido aprovechar una situación difícil de explicar y de vivir en una experiencia educativa, de abrir caminos para actuar y conocer, preparar a sus hijas por el mañana. Un mañana más desconocido, pero que llegará y será su tiempo.

El día 20 de noviembre se celebra el día de los Derechos del Niño. El día que se aprobó la Convención de los Derechos de los Niños, un documento internacional que reconoce a los niños como sujetos de derechos. Derecho a la vida, la salud, a la educación, a la vivienda, a la alimentación, a la familia, a ser respetados y queridos. Es un documento importante y reconocido por prácticamente la totalidad de países del mundo. Pienso que es un documento en el fondo poco conocido, ignorado, muy citado pero poco seguido, especialmente para las mafias, los maltratadores, los abusadores. Los niños tienen derechos, pero principalmente tienen necesidades. Necesidades ser respetados, de poder comer, ir a la escuela y ser educados, de vivir en un lugar digno, de ser atendidos en sus enfermedades, de poder jugar, y especialmente de ser queridos y sentirse queridos.

No tenemos excusa. La experiencia vivida por los niños hoy diseña la sociedad del mañana. Tienen derechos, y alguien los debe poder garantizar que serán respetados. Los niños han de poder disfrutar de los elementos materiales y espirituales que les permitan vivir con plenitud.

Pensamos cuál puede ser nuestra aportación personal. Seguro que es mucha. Los niños de nuestra familia, de nuestra población y del mundo nos lo agradecerán, aunque no nos lo digan.

Cuando hagas cualquier acción piensa como la puede ver un niño. Recuerda la pregunta de Marina, Clara y Aina, "Estamos castigadas?"

 

Xavier Puigdollers Noblom

Coordinador del Eje de Derechos Humanos y del Grupo de Trabajo de la Infancia de Justícia i Pau