Miquel Àngel Prieto
ESTADOS DE OPINIÓN

Salvamiento sin distancias

La noche del 14 al 15 de abril de 1912 el Titánic chocó con un iceberg y se hundió. Perdieron la vida el 37% de los pasajeros de primera clase, el 59% de los de segunda y el 75% de los pasajeros de tercera. La clase social fue el principal determinante para morir o sobrevivir y, en menor medida, la condición sexual del pasaje (ya saben, “las mujeres y los niños primeros”).

En las sociedades occidentales actuales no es sencillo hacer una estratificación social por clases como la del pasaje del Titánic, pero en el VIII Informe sobre exclusión y desarrollo social en España de 2019, la Fundación de Estudios Sociales y de Sociología Aplicada (FOESSA) perfilaba tres grandes núcleos de población. La sociedad estancada, que ya estaba en esta situación antes de la crisis financiera iniciada el 2008; la insegura, que se considera próxima pero distinta a la anterior y, finalmente, la sociedad soberbia, que consume, dirige y tiene poca empatía con el resto de la sociedad. El análisis no trata sólo las condiciones materiales sino que también apunta al trasfondo de los valores. El informe destaca que se han ido consolidando entre la ciudadanía actitudes indiferentes o reticentes a la configuración de una sociedad más igualitaria en busca de respuestas colectivas a las necesidades comunes. Durante los últimos años se ha deteriorado la confianza en las instituciones, los vínculos sociales y el horizonte de proyectos comunes.

Hace más de nueve meses que esta sociedad atomizada y desconfiada afronta la pandemia de salud y económica provocada por la COVID-19. La pandemia ha alterado la cotidianidad y las expectativas de casi todo el mundo, pero el impacto en la salud y los medios de vida está siendo dispar.

Durante la pandemia, los factores que nos hacen más o menos vulnerables son muy diversos, como son los recursos personales y colectivos al alcance de cada cual para responder. No obstante, sabemos que los efectos de una experiencia vital negativa, como la pérdida del trabajo, la vivienda o una enfermedad, entre otros, son más graves y duraderos entre las personas que ya sufrían algún elemento de vulnerabilidad previo, especialmente si no reciben el apoyo adecuado.

Sabemos que el riesgo de contagio y complicaciones es más alto para las personas mayores o con determinadas enfermedades previas. Sabemos que las personas jóvenes, las personas autónomas o las contratadas temporalmente en determinados sectores de la economía están más expuestas a la bajada de la actividad económica. Las personas solas, las inmigradas con pocos recursos económicos y sin red social de apoyo, las dependientes o las afectadas por la pobreza aguda ya tienen más dificultades para recibir asistencia de unos servicios sociales saturados.

Por otro lado, en los mercados de trabajo o de la vivienda, antes de la pandemia, ya eran preocupantes los efectos de la desigualdad y habituales las muestras de desvinculación social. No se trata solo de una desigualdad material entre los que tienen y los que aspiran a un trabajo o una vivienda, o la insuficiente protección de los derechos por las instituciones públicas, sino de un rechazo sistemático a vínculos humanos que no reporten una utilidad a corto plazo. Parecería que, en la parte dominante de estas relaciones, las personas han sido sustituidas por robots que persiguen maximizar el beneficio económico a corto plazo, sin ningún escrúpulo ético.

En las economías de plataforma no se contratan a las personas trabajadoras, se las da de alta en una aplicación. Bancos, empresas o personas físicas multi-propietarias de viviendas tratan de eludir la ley que los insta a ofrecer vivienda social a personas vulnerables e, incluso, algunas personas pequeño-propietarias dejan a las inmobiliarias la tarea de imponer subidas abusivas del precio del alquiler para ahorrarse la interacción con los arrendadores.

Son reveladoras de este clima de valores y comportamientos egoístas algunas actuaciones públicas, como la protagonizada por las Loterías de Cataluña el pasado verano. Después de miles de muertes y de meses de un estricto confinamiento, el organismo lanzaba la campaña de la lotería de fin de año con carteles que apelaban a probar suerte con el Gordo para obtener “el ascenso social” y, así, no tener que preocuparse por la distancia social. Afortunadamente, las numerosas voces de rechazo consiguieron que se retirara la campaña.

Cómo en el film de James Cameron, en medio del riesgo de hundimiento, hay quién parece dejarse hipnotizar por una orquesta que continúa tocando como si nada hubiera cambiado.

Los datos de afectación de la Covid-19 han obligado a las autoridades a retomar con insistencia los llamamientos a la responsabilidad colectiva y aprobar de nuevo medidas que suspenden actividades y limitan movimientos e interacciones en grupo.

Las medidas han producido numerosas protestas e incluso algunos actos violentos. No se pueden ningunear o simplificar desde una pretendida autoridad moral. El malestar de varios sectores es comprensible, por ejemplo, el de una parte de la juventud, arrinconada a la precariedad y con dificultades para desarrollar sus proyectos vitales. Se extiende la impresión que la clase política e intelectual pide responsabilidad colectiva y autolimitaciones personales, pero no ha hecho bastante para revertir el deterioro de las condiciones de vida o perspectivas de futuro y representan solo a la parte de la sociedad que puede confinarse con condiciones de habitabilidad y de seguridad material.

Los poderes públicos ya han empezado a procurar algunos botes salvavidas a las personas más afectadas. Tienen que ser medidas ajustadas a los varios perfiles de personas damnificadas. No se puede reproducir lo que alertaba Rafa Allepuz, haciéndose eco del reciente informe para España del Relator Especial de las Naciones Unidas sobre la extrema pobreza y los DH, un sistema de protección social en el que las familias ricas se benefician más de las transferencias monetarias que las pobres.

La parte de la sociedad menos afectada en su bienestar, que como denunciaba el informe FOESSA asumió las consecuencias de la anterior crisis como un fenómeno ajeno, enfrenta el dilema ético de apoyar a las políticas sociales y fiscales y comprometerse con la solidaridad o instalarse en el egoísmo corto de miras, confiando en pasar este mal trance sin salpicarse mucho, a pesar del hundimiento de una parte de sus conciudadanos.

Paradójicamente, en este tiempo de distancia social y de grupos burbuja vuelve a ser imprescindible recuperar el vínculo social, la empatía, los espacios y los proyectos para algunos futuros comunes.

Y me atrevo a esperar más. Visto en retrospectiva, el accidente del Titánico fue el prólogo de la tragedia de las dos guerras mundiales de la primera mitad del s. XX.

Nuestro soberbio transatlántico que salió triunfando de la guerra fría, mantiene su rumbo hacia el iceberg del cambio climático y los límites planetarios, ajeno a los efectos perjudiciales, especialmente entre las poblaciones del sur global.En este sentido, hace falta, en mi opinión, una política ambiciosa y con mirada de largo plazo. Los gobiernos han demostrado la posibilidad de introducir medidas restrictivas para restringir actividades que propagan el virus, y buena parte de la ciudadanía ha entendido las razones y las ha aceptado. La experiencia se tiene que aprovechar para hacer pedagogía sobre las medidas indispensables para la reducción de los riesgos de alteración de los ecosistemas, el fomento de cuidado del planeta y la solidaridad internacional. No solo tendremos que cambiar nuestro rumbo, sino probablemente sustituir el barco por uno menos pretencioso que, a pesar de todo, nos permita disfrutar de nuestra estancia sobre la tierra.

 

Miquel Àngel Prieto
Miembro de Justícia i Pau Barcelona