Marc Grau Grau
ESTADOS DE OPINIÓN

Espiritualidad en tiempos de COVID-19

Es relativamente más fácil hablar del número de bares cerrados, del número de camas en la UCI, o el número de EREs, que hablar de cómo se sienten los que cierran el bar, de cómo viven la experiencia los enfermos y los familiares, o como se interioriza un expediente de regulación de empleo. Es relativamente más sencillo cuantificar que adentrarse en el mundo interior de aquellos que son cuantificados. Explorar el mundo interior siempre es una empresa compleja.

Estos meses nos hemos esforzado para comprender las implicaciones reales de la Covid-19 en la salud, sobre todo en formato numérico: riesgo de rebrote, incidencia acumulada, tasa de contagio, defunciones. Podríamos hacer el mismo ejercicio en el ámbito económico. Las implicaciones "macro", aquellas aparentemente objetivas, las tenemos, más o menos, identificadas. Y en ningún caso se deben menospreciar tales datos. Nos permiten controlar, monitorizar, a fin de mejorar. De ahí la importancia de los números.

Hay que hacer, sin embargo, un esfuerzo también para entender las implicaciones más "micro", más personales, más subjetivas, más íntimas. Estas siempre son más complicadas de entender. En primer lugar porque las implicaciones varían de persona a persona y en segundo lugar porque no se pueden resumir de una manera tan clara como las implicaciones macroeconómicas de primer orden. Sin embargo, su complejidad no debe hacernos rehuir de un ejercicio de comprensión sincero. Hay que poner las herramientas, la cabeza, las metodologías necesarias para entender cómo esta crisis sanitaria puede transformarnos personalmente.

Uno de los puntos, relativamente poco debatidos, aunque hay reflexiones interesantes, es entender si la crisis sanitaria nos ha vuelto más o menos espirituales, si nos potencia o nos frena nuestra inteligencia espiritual. Siempre es difícil definir la espiritualidad, algunos lo han intentado. Freeman la define como "el interior de la experiencia". Jäger, como el camino a un plan de experiencia transpersonal, transconfesional, transracional. Es decir, aquella experiencia que va más allá de mi persona, de mi religión, de mi razón (Pascal dice, el corazón tiene razones que la razón no entiende).

Howard Gardner, padre de las inteligencias múltiples, definió la inteligencia espiritual como la "capacidad de situarse a sí mismo respecto al cosmos". En el fondo, y siguiendo a Torralba, la inteligencia espiritual nos lleva a hacernos las preguntas fundamentales, las preguntas últimas: ¿Quién soy yo? ¿Qué será de mí, de nosotros? ¿De dónde vengo? ¿Porque sufrimos? ¿Qué sentido tiene mi vida? En definitiva, el Gran Porqué.

Según Hammarskjöld, Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas en los años 50, no conseguiremos progresar hasta que no iniciemos un auténtico viaje interior. Este viaje interior es una oportunidad para dar un paso de gigante en nuestra condición humana. Es despojarse de uno mismo, vaciarse de la estupidez, separarse de uno mismo para realmente acercarnos a nosotros mismos. Es un ejercicio que no acaba nunca, pero con recompensas invisibles a lo largo del camino.

No soy capaz de contestar a la pregunta de si la crisis sanitaria que estamos viviendo ha disminuido o aumentado nuestra espiritualidad, nuestra capacidad de reflexión individual, nuestra trascendencia. El único punto que intuyo es que estos meses pueden ser la puerta de entrada a un nuevo cambio de paradigma, a una revolución simbólica. ¿La sabremos aprovechar?

 

Marc Grau Grau
Presidente de Justícia i Pau Terrassa